lunes, 15 de diciembre de 2014

Una puerta a Asia en Irán


Puerta principal de la Mezquita Sheik Lotfollah, en Isfahán (Irán)
Hay países en el mundo que siempre han tenido buena fama, mientras que por el contrario otros sufren la desgracia de tenerla mala, y a veces incluso malísima.

A los países afortunados su buena fama les permite disfrutar a nivel internacional de respeto, prestigio y simpatía, aunque en ocasiones uno no acierte a encontrar en su arte, su andadura a través del tiempo, su economía, su naturaleza, o su gente motivos objetivos para tal consideración.

Por el contrario, a los países a los que les ha tocado tener mala fama esta circunstancia les aboca ser vistos con desconfianza y rechazo por todo el mundo, y nadie quiere viajar a ellos, ni invertir en ellos, ni le interesan especialmente a casi nadie, por muy rica que sea su cultura, apasionante su historia, hospitalarios sus habitantes, o atractivos sus paisajes.

Desde pequeño me he considerado un tipo un tanto particular, entre otras cosas porque siempre he sentido una gran debilidad por los perdedores y los que tenían mala prensa (Sin ir más lejos, me daba muchísima pena la mala vida que el correcaminos le daba al coyote en los maravillosos dibujos animados "Wile E. Coyote and the Road Runner" que Chuck Jones creó para Warner Brothers allá por 1949, y también me parecía muy injusta la imagen tan deplorable que los westerns daban de los indios americanos, incluso en películas tan geniales como "How the West was won", que en España se estrenó como "La conquista del Oeste", dirigida en 1962 por Henry Hathaway, George Marshall, Richard Thorpe y el insuperable John Ford para la Metro-Goldwyn-Mayer).

Así, no debe resultarle extraño a nadie que uno de los países que desde siempre me han atraído e interesado sea Irán, el denostado Irán, nación donde los haya víctima de una pésima fama a nivel internacional desde hace más de un siglo, fruto de su historia convulsa, pero también de los tópicos y los prejuicios, sobre todo los provenientes de mis por otra parte admirados Estados Unidos de América.

Cuando a la gente le preguntas por Irán, la antigua Persia, lo primero que se les viene a la cabeza son expresiones tales como "Ayatollah", "Revolución Islámica", "Jomeini" -o "Khomeini"-, "chador", o "Shah", todas ellas con connotaciones particularmente poco simpáticas para casi cualquier occidental.

Sin embargo, al reaccionar así pasamos por alto que Irán es mucho más que sus tópicos. Irán es un país de casi 1.700.000 kilómetros cuadrados (unas tres veces y pico la extensión de España); con una población de cerca de 80.000.000 millones de habitantes que profesa mayoritariamente el islam chií, pero en la que también hay comunidades mazdeístas, cristianas y judías; una nación de lengua y cultura farsi (no, los iraníes no son árabes, ni hablan árabe, ni se parecen en casi nada a los árabes...); con una historia apasionante por la que han pasado los Persas de Dario el Grande, los Griegos de Alejandro Magno, los Sasánidas, y el Islam; con una geografía impactante que abarca desde desiertos majestuosos hasta cordilleras nevadas y bosques subtropicales; con un sistema educativo desarrollado, en el que en 2009 el 52% de los estudiantes universitarios eran mujeres -en las carreras de Ciencias la presencia femenina subía al 68%-; una nación en la que las Tumbas de Poetas como Saadi o Hafez se encuentran entre los monumentos más visitados y venerados del país; una tierra que ha dado nombres al panorama artístico internacional de la talla del director de cine Abbas Kiarostami, la escritora Massy Tadjedin, o la cineasta Samira Makhmalbaf.

Además, Irán está poblado por gente orgullosa, educada, amable, familiar, y hospitalaria, que ha sabido preservar su cultura y sus tradiciones a través del tiempo; y los iraníes han conservado para la humanidad lugares maravillosos como Shiraz, Yazd, los restos de Persépolis, el increíble sitio arqueológico sasánida de Naqsh-e Rostam, o Isfahán y su Plaza del Espejo del Mundo. 

Y es en la Plaza del Espejo del Mundo de Isfahán donde se alza la Mezquita Sheik Lotfollah (que significa en farsi "El Oratorio del Shah"), mandada construir en el año 1615 por el Shah Abbas I, que posee una de las cúpulas más majestuosas de todo el mundo islámico y cuenta con una espectacular decoración, y a la que se accede por la puerta que aparece en la fotografía, tomada en julio de 2008.

La puerta de la Mezquita Shik Lotfollah es de un tamaño modestamente humano, pero cuando te aproximas a ella la fachada de azulejos azules te atrae y te envuelve, y una vez que accedes al edificio, su interior se te revela en toda su apabullante magnificencia, a pesar de su escala más bien reducida -o quizá precisamente por ello...-, de nuevo sorprendentemente humana.

Al cruzar la puerta de la Mezquita Shik Lotfollah se accede a todo el refinamiento, la sofisticación, la delicadeza y la sensualidad de un universo vegetal atrapado en los azulejos esmaltados polícromos que decoran el interior del edificio, que evocan la riqueza y el poder de la civilización persa en el periodo islámico.

Y el impacto visual y estético que se produce cuando franqueas la puerta de la Mezquita Shik Lotfollah de Isfahán ejemplifica muy bien la impresión que causa conocer un país como Irán, más allá de los tópicos y de su malísima fama.

Irán es la Puerta de Asia, un país acogedor, sugerente, atractivo, al que para nada hace justicia su imagen negativa, y al que realmente merece la pena darle una oportunidad.










martes, 9 de diciembre de 2014

Las simientes de lo que haremos


 
 
"Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono"



(París era una fiesta - Ernest Hemingway)
 
 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Haciendo fotos a las puertas


Cuando a las personas les gusta la fotografía no es raro que, además de interesarse por imágenes digamos convencionales -tales como edificios, paisajes o personas-, terminen desarrollando aficiones un tanto más personales.

Por ejemplo, a una buena amiga mía le encanta hacer fotos de niños y de animales (de hecho podría decirse que a veces no diferencia mucho entre los unos y los otros...). Así, como también disfruta viajando, mi Amiga ha podido darse el gusto de recorrer medio mundo persiguiendo monos, llamas, focas, camellos, cabras, pingüinos o leopardos a los que fotografiar, los cuales generalmente se empeñan en ponérselo difícil y no suelen avenirse a posar para ella. Y también se ha dedicado a tomar instantáneas de criaturas por los cinco continentes: niños y niñas de toda raza y condición, posando o jugando, solos o en brazos de sus madres, sonrientes o tristes, a veces incluso ignorantes completamente de que estaban siendo fotografiados.
 
Por su parte, una persona muy cercana y muy querida se ha dedicado durante años a hacer fotografías de sus propios pies, solo de sus pies, si bien que en las circunstancias más variopintas. Y hay de todo entre las imágenes que ha ido tomando: pies en chanclas, en deportivas, en sandalias, desnudos, con las uñas pintadas, pies en la playa, en el asfalto, con anillos adornando sus dedos, pies al sol o en la penumbra. Pero pies. Siempre pies.

Y a mí, para no ser menos, últimamente también me está dando por hacer fotos peculiares, casi por cazarlas diría yo. Son fotos que luego guardo y archivo metódicamente para poder volver a contemplarlas de cuando en cuando, como una forma de intentar recrear el instante en el que se tomaron, y de saborear de nuevo las emociones y sentimientos de aquel momento.
 
Pero a mí no me ha dado ni por los animales, ni por los niños, ni siquiera por los pies: mí me ha dado por las puertas.
 
Cada vez que visito por primera vez una ciudad me fijo en sus edificios, porque me gusta mucho la arquitectura. Pero si soy sincero he de reconocer que lo hago también, quizá sobre todo, porque para mí, independientemente de sus valores artísticos o estéticos, los edificios reflejan muy bien el alma y las ambiciones de los individuos que los construyeron, y el carácter de la sociedad en la que esos individuos vivieron.
 
Y de entre todos los elementos que podemos observar en un edificio, yo tengo una especial inclinación por las puertas.
 
Las puertas son la conexión entre los edificios en sí y el mundo que los rodea, y por tanto constituyen el elemento más humano de cualquier construcción.
 
Las puestas están hechas por y para las personas. Y sirven de acceso -en ocasiones de vía de escape- para la actividad, la vida, o el trabajo de la gente que las atraviesa: gente que murió, que vive ahora, o que aparecerá mañana; en definitiva para todos los que entraron, entran, y entrarán a través de ellas en las construcciones de las que forman parte.
 
Y como las fotografías son para ser enseñadas, y además los que escribimos un blog tenemos siempre un cierto componente narcisista, cuando no puramente exhibicionista, he decidido compartir con vosotros mi colección de puertas.

Por ello, empiezo aquí un hilo -que no sé bien a dónde me llevará- en el que compartiré con vosotros imágenes de puertas que he ido recolectando a lo largo del tiempo y, si soy capaz de transmitíroslo, lo que experimenté al contemplarlas. Espero que lo disfrutéis.
 
Y para comenzar con la serie, en breve tendréis aquí la primera puerta...