lunes, 23 de marzo de 2015

Lazcano. Guipúzcoa (País Vasco), ESPAÑA



Lazcano, comarca del Goyerri. En Guipúzcoa (País Vasco), ESPAÑA.

Fotografía tomada en marzo de 2015.

lunes, 16 de marzo de 2015

Una puerta a la paz interior en Silos

Como bastante gente de mi generación, me educaron en un entorno formalmente católico, pero en el que en realidad la religión significaba poco más que una referencia cultural, un marco de comportamiento social y, a lo sumo, una difusa referencia ética.

Aunque mi familia se definía como creyente, en realidad éramos poco o nada practicantes, y nuestro compromiso con la religión solo se manifestaba en bautizos, comuniones, bodas y entierros.

Y en honor a la verdad, si mis padres decidieron que me educara en un colegio religioso no creo que fuera porque tuvieran una especial vinculación con la Iglesia, sino porque en la España de los años 70 del siglo pasado casi todo el mundo consideraba que la enseñanza pública era bastante mediocre, y si se le quería dar una buena educación a los hijos, la única alternativa solía ser llevarlos a un colegio de curas o de monjas.

La evolución de todo aquello fue que cuando salí de la adolescencia la poca impronta católica que pudiera tener se volvió todavía más difusa, entre otras cosas porque entraba en abierta contradicción con el ambiente progresista que lo impregnaba todo en la España de la década de los 80. Y porque tampoco casaba bien con el rechazo a la autoridad, la tradición, y el orden que son casi obligatorios cuando uno tiene veinte años (a esa edad, el guión dice que hay que ser contestatario, y nadie quiere salirse del guión con veinte años...). A fin de cuentas, aspirar a hacer la revolución como en Cuba y Nicaragua, descubrir el sexo (el miedo al SIDA todavía no nos había helado la entrepierna...), o creerse con derecho a juzgar con inquisitorial severidad todo lo que decían o hacían mis padres resultaba mucho más atractivo que seguir las reglas y los dogmas de una religión rígida y severa como la católica, y prestar la más mínima atención a lo que decían los curas resultaba poco menos que inconcebible...

Y, sin embargo, en los diez años siguientes la vida adulta devoró uno tras otro casi todos los sueños y casi todos los mitos. Y las frustraciones y las cobardías nos fueron haciendo cada vez más pragmáticos, más responsables, más miedosos, más egoístas y, en definitiva, más "bizcochables", pero también más humanos, más indulgentes con las miserias y las debilidades, las propias y las ajenas. Y el ánimo se nos fue secando poquito a poco (pues en eso consiste básicamente hacerse adulto...).