lunes, 22 de junio de 2015

El populismo radical y los impuestos


Cartel de la Revolución Cultural China. 
Hace algunas semanas en mi país, España, se celebraron unas elecciones municipales y autonómicas, cuyos resultados han traído un severo correctivo para los partidos tradicionales, sobre todo para las opciones de corte moderado y liberal, y a la vez han constituido un claro respaldo de los votantes a nuevos partidos, que tienen en común un rechazo a los vicios endémicos de la política española de los últimos años, tales como la corrupción y el divorcio entre la clase política y los ciudadanos, formaciones políticas nuevas que también comparten la vocación declarada de querer dar respuesta a aquellas inquietudes de la ciudadanía de las que la vieja política hace tiempo que ya no se ocupaba.

Además, en paralelo los resultados de las recientes elecciones municipales y autonómicas también han supuesto un aparente espaldarazo por parte de un amplio número de ciudadanos a planteamientos ideológicos de corte izquierdista y populista, que ahora se perciben por algunos como una posible vía de escape a la crisis económica que llevamos sufriendo desde hace más de un lustro, y a sus consecuencias de desempleo y fractura social.

Podría parecer, algunos así lo piensan, que si la austeridad en el gasto no ha servido para devolver a una parte de la sociedad española los niveles de bienestar y el tren de vida de que disfrutaba antes de la crisis, una alternativa a base de presupuestos expansivos, más gasto público, y una más radical redistribución de la riqueza sí podría ser la solución para salir del bache, y sobre todo para poder hacerlo de manera llevadera para los más desfavorecidos.

Sin embargo, estos cantos de sirena que parecen haber seducido a muchos de los votantes en realidad lo que proponen no son novedades, sino recetas para la salida de la crisis que en el pasado, a lo largo del siglo XX, ya fueron ampliamente puestas en prácticas en el Mundo Occidental, aunque con resultados más bien decepcionantes, a saber: más intervención del estado en la economía, más gasto público, y, sobre todo, más y más impuestos.

En última instancia, lo que algunos nos proponen ahora con un pretendido aire de modernidad no es otra cosa que la versión 2.0, someramente adaptada al siglo XXI, de la vieja y bien conocida obsesión del izquierdismo y el populismo radicales en materia fiscal y presupuestaria, que consiste en quitarle su dinero (cuanto más, mejor...) a aquellos ciudadanos que lo producen con su trabajo y con su esfuerzo, para, a continuación, gastarlo de acuerdo con sus objetivos políticos.

Dicho de otro modo; el izquierdismo y el populismo radicales a lo que aspiran es a quedarse con el dinero de los ciudadanos corrientes, con nuestro dinero, con el dinero ganado con nuestro esfuerzo, para poder luego derrocharlo ellos en sus obsesiones ideológicas.

Pero además, no se contentan con cobrarnos un impuesto sobre la riqueza que produce nuestro trabajo, sino que pretenden que paguemos una y otra vez por el mismo dinero conseguido:
  • Cuando lo ganamos nos cobran un Impuesto sobre la Renta.
  • Si ahorramos lo ganado nos someten a un Impuesto sobre el Patrimonio.
  • Si, por contra, gastamos lo obtenido con nuestro trabajo nos gravan igualmente con Impuestos al Consumo y sobre el Valor Añadido.
  • En caso, en fin, de que lo hayamos invertido en una casa nos cobrarán además un Impuesto sobre Bienes Inmuebles.
  • Si se lo regalamos a alguien, esa persona deberá pagar un Impuesto sobre Donaciones.
  • Cuando nos morimos y se lo dejamos a nuestros hijos, a ellos les cobrarán un Impuesto de Sucesiones. 

    En definitiva, un impuesto tras otro en las espaldas de los contribuyentes para esquilmar el mismo esfuerzo, impuestos distintos para un mismo ingreso, varios impuestos aplicados sucesivamente para gravar el mismo dinero ganado una sola vez...

    Y por si esto fuera poco, a la injusticia fiscal imperante en sociedades como la española hay que añadirle lo que los políticos manirrotos llaman de manera eufemística el "carácter distributivo del gasto social", que en realidad consiste básicamente en lo siguiente:
    • A la gente que trabaja y produce riqueza le hacen pagar impuestos en función del fruto que obtiene de su trabajo, generalmente con una progresividad que penaliza más al que más produce y, por tanto, al que más aporta a la comunidad, si bien todo ello con el argumento de que así se garantiza la igualdad y la equidad sociales.
    • Sin embargo, una vez que cada uno ha aportado a los ingresos públicos según su capacidad (unos mucho, otros algo, algunos nada...), el gobierno, a la hora de gastar, vuelve a aplicar el cantinela de la igualdad y la equidad sociales, aunque ahora para dar preferencia en el gasto al que menos tiene, y penalizar y discriminar al que tiene algo.
    • De esta forma, el individuo que genera riqueza contribuye al conjunto de la sociedad al pagar impuestos, pero sin embargo apenas se beneficia del gasto social. Por el contrario, el que no aporta al presupuesto común, con el argumento de que poco o nada produce, sin embargo sí que se beneficia del gasto social que financian los impuestos que otros sí pagaron.
    • En definitiva, el que genera riqueza paga dos veces, por lo que aporta y por lo que no recibe, mientras que el que no la genera recibe por partida doble, por lo que no aporta y por lo que el estado le da...

    Lo que pasa es que las soluciones simplistas para problemas complejos, las salidas fáciles y cómodas a años de gasto sin control y a un nivel de vida que en realidad algunos nunca se pudieron permitir, las trampas para hacer que la factura de nuestros excesos la paguen otros, en realidad no funcionan. Y aunque esas soluciones pudieran funcionar, el pretender que unos paguen siempre para que otros no paguen nunca es, simple y llanamente, injusto, porque destruye la ética del trabajo, la prudencia y el esfuerzo. En última instancia, salir así de la crisis, si se pudiera, sería en realidad inmoral, tóxico, y socialmente insano.


    jueves, 18 de junio de 2015

    Ramadan Mubarak, Feliz Ramadán


    Süleymaniye Camii (Mezquita de Suleiman), en Estambul (Turquía). Construcción del siglo XVI obra del arquitecto Mimar Sinan.
    El 18 de junio de 2015 según el calendario gregoriano ha sido, para millones de personas en todo el mundo, el comienzo del mes de Ramadán del año 1436 de la Hégira.

    Ramadán es el noveno mes del calendario islámico, y tradicionalmente se inicia la primera noche en la que, sin ayuda de ningún instrumento óptico, se divisa la luna en cuarto creciente, llamada "hilal" en árabe. Si uno divisa el "hilal" por la noche, el día siguiente se considera el primero del Ramadán.

    Para los musulmanes Ramadán es el periodo del año en el que durante treinta días practican el ayuno desde que sale el sol hasta el ocaso, y se abstienen de comer, beber y mantener relaciones sexuales, todo ello como una forma de expresar su Fe en Dios, purificar su espíritu, y dar cumplimiento a uno de los cinco pilares del Islam.

    Los musulmanes definen Ramadán como el mes de la sumisión y el acercamiento a Dios, el mes de la lucha contra las pasiones y los deseos, el mes de la esperanza frente a las adversidades de la vida.

    Por todo ello, para todos mis buenos amigos musulmanes, de todo corazón de parte de este nasrani, de este cristiano, ¡Ramadan Mubarak!, ¡Feliz Ramadán!

    Como Católico, y quizá precisamente por serlo, siempre me sentiré cerca de aquellos que creen sinceramente en un Dios y tratan de vivir de acuerdo con su Fe, aunque esa Fe sea distinta de la mía.

    Porque en los tiempos que corren, valores como la Ética, los Principios, y la Fe en un Dios Trascendente empiezan a ser algo exótico en esta sociedad relativista y sin ideales que nos ha tocado vivir. Y precisamente por ello cada vez es más importante preservar esos valores, no importa cómo llame cada cual a ese Dios al que reza, aunque solo sea para intentar evitar que la soledad y la desesperanza se conviertan poco a poco en nuestros únicos compañeros de viaje en una vida vacía y sin sentido.
    "Cada cual tiene la obligación y por consiguiente también el derecho de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, se forme, con prudencia, rectos y verdaderos juicios de conciencia."

    ("Dignitatis humanae", punto 3. Concilio Vaticano II).





    sábado, 6 de junio de 2015