miércoles, 29 de julio de 2015

Tifariti, Sáhara Occidental Liberado



Tifariti, Sáhara Occidental Liberado (República Árabe Saharaui Democrática - RASD).

Fotografía tomada en diciembre de 2011.

viernes, 17 de julio de 2015

Grecia: aquelarre en la Plaza Sintagma

 
Hace apenas unos días Atenas se nos aparecía como el centro de un huracán progresista que iba a barrer la Eurozona para echar abajo el edificio de la ortodoxia económica construido durante más de una década por parte de las Instituciones comunitarias.
 
El origen de todo esto era que el 5 de julio de 2015 se había celebrado en Grecia un referéndum, y que en ese referéndum el pueblo griego había decidido por amplia mayoría rechazar el plan de rescate que Europa pretendía imponerle, consistente en un paquete de medidas de austeridad y recorte del gasto público que, con la excusa de sacar al país del marasmo económico en que se halla, equilibrar las cuentas públicas y recapitalizar al sistema financiero, en realidad lo que pretendía era humillar al pueblo griego e imponerle décadas de sufrimiento y miseria.
 
Y ante esta situación insoportable, los griegos, haciendo uso de su soberanía y de su dignidad nacional, decidieron ignorar los designios de los acreedores y los banqueros, rechazaron el plan de rescate europeo, y se alzaron para liberarse del yugo del “IV Reich alemán” y de la canciller Angela Merkel, cabeza visible de la derecha europea fervientemente partidaria del denominado “austericidio” como dogmático purgante con que hacerle pagar a la clase trabajadora los excesos de los especuladores y la factura de la burbuja financiera.
 
Y para celebrarlo la gente salió a la calle en Atenas la noche del 5 de julio de 2015, y en la Plaza Sintagma, frente al Parlamento Helénico, se organizó de manera espontanea una manifestación a medio camino entre un espectáculo de "coros y danzas" (sirtaki y banderas al viento incluidas) y un aquelarre contra el “austericidio”, animado todo ello bengalas y fogatas para la quema figurada de Ángela Merkel en efigie…
 
Hace apenas unos días (¿solo unos días?, qué lejos se ve todo esto ya…) media Europa soñaba con una especie de revolución que cambiaría el sistema económico en el que se asienta nuestra sociedad. Sin embargo, unos días después poco queda de todo aquello, y el “Érase una vez” se ha transformado en “Esto es lo que hay”.
 
Porque en los últimos días el gobierno heleno del primer ministro Tsipras, justo después de llevar a su pueblo a un referéndum del tipo “viaje a ninguna parte”, se ha dado una ducha fría de realismo (que para el pueblo griego no está siendo fría, sino más bien helada…) y ha resuelto finalmente aceptar la ayuda de la Eurozona y así, por medio de un tercer rescate, intentar sacar a Grecia del agujero económico en que se encuentra. Y la medicina va a ser realmente muy amarga.
 
Y es que a cambio de los alrededor de 80.000 millones de euros que está previsto que Grecia reciba de Europa a lo largo de los próximos tres años (que, sumados a los 315.000 millones de los dos rescates anteriores, van a suponer que al final del proceso los europeos le habremos prestado a Grecia 395.000 millones de euros, o sea que cada europeo habrá puesto unos 750 euros de su bolsillo, y que de media cada griego habrá sido subvencionado por Europa con más de 35.000 euros), el país tendrá que llevar a cabo recortes adicionales en gasto público (sobre todo en pensiones y sueldos de funcionarios), subidas de impuestos, un ambicioso programa de privatizaciones, y agresivas reformas en su mercado laboral, medidas todas estas que endurecerán más aún si cabe las condiciones de vida de una sociedad como la griega sometida desde hace más de un lustro a los efectos de una terrible crisis económica y a un rosario de errores en política económica por parte de los gobiernos que se han ido sucediendo en el país.
 
Llegados a este punto algunos piensan que lo ocurrido supone triturar la soberanía del pueblo griego, certificar el monopolio del poder económico por parte de los poderes fácticos en Europa, dar carta de naturaleza a la dictadura de los mercados y los especuladores capitaneados por una Alemania ansiosa de imponer su bota política y económica al resto de Europa.
 
Los que así opinan se olvidan, sin embargo, de que frente a los 11 millones de griegos azotados por la crisis (asumiendo que todos ellos, sin excepción, se sintieran oprimidos por una ortodoxia económica neoliberal asfixiante, lo cual es mucho decir, sobre todo si tenemos en cuenta a aquellos que desde que se inició la crisis no han visto las cosas claras y han ido sacando alrededor de 100.000 millones de euros de los bancos del país, 17.000 millones de ellos los días previos a la victoria electoral de Tsipras y Syriza en enero de 2015) lo que hay no son “los mercados” o “los especuladores” como algo abstracto, sino 500 millones de ciudadanos de la Unión Europea, de los cuales, sin ir más lejos, 80 millones de alemanes, 8,5 millones de austriacos, 5,5 millones de finlandeses o 17 millones de holandeses se muestran según todas las encuestas mayoritariamente en contra de seguir sosteniendo con sus impuestos a una economía como la griega que durante años no ha sido capaz de salir de Cuidados Intensivos a pesar de los miles de millones de euros de ayuda europea que le han prescrito.
 
¿Acaso los alemanes, los austriacos, lo finlandeses, los holandeses, los europeos en general, no tenemos tanto derecho como los griegos a ejercer nuestra soberanía, a que nuestros políticos velen por nuestros intereses, a que nuestros gobernantes respeten nuestra voluntad como ciudadanos? ¿O es que solo los griegos que apoyan a Tsipras y a Syriza tienen esos derechos?
 
Otros consideran que lo que está ocurriendo con la crisis griega constituye una quiebra de los principios de igualdad y solidaridad que cimentaron la construcción de la unidad europea, entienden que las recetas de la Eurozona para salir de la crisis (lo que denominan “el austericidio”) están matando la ilusión y el futuro de millones de ciudadanos (de jóvenes a los que se les niega un futuro, de clases medias condenadas a la pobreza, de parados de larga duración sin esperanza de encontrar trabajo...). Y concluyen afirmando vehementemente que no creen en este modelo, que aspiran a una sociedad distinta, y que esta no es su idea de Europa.
 
Lo que pasa es que los que así opinan se olvidan de que la alternativa a esta Europa imperfecta (en la que por mor de la ortodoxia económica unos sufren la crisis mientras otros se quejan por seguir pagando la factura con sus impuestos…) no es otra Europa distinta, solidaria e igualitarista, donde la voluntad política pudiera torcerle el brazo a los mercados y a la realidad económica. Desgraciadamente esa Europa en la que sueñan no existe, y eso es así porque cosas como la multiplicación de los panes y los peces se dan, como mucho, en el Evangelio (y encima hay que creer en Dios para pensar que ocurrió en realidad…), pero no en la vida cotidiana.
 
Una Europa distinta a la que tenemos seria una sociedad que no nos podríamos permitir, porque la economía sería simplemente insostenible. Pero además sería una sociedad profundamente injusta e inmoral, en la que no se valorarían el trabajo, el esfuerzo, y la responsabilidad; y en esa Europa el igualitarismo acabaría con los principios de mérito y capacidad, y la libertad individual se quedaría en nada.
 
Resulta triste decirlo (e irritante para más de uno escucharlo…), pero la alternativa a la Europa que conocemos, que nos pide vivir según nuestras posibilidades y ser responsables de nuestras decisiones, tanto individual como colectivamente, no está aquí, sino en sitios tan poco apetecibles para vivir como Bielorrusia o Venezuela…
 
¿Os es que acaso los que rechazan la Eurozona y sus recetas preferirían emigrar e irse a vivir a Minsk o a Caracas?
 
Se admiten voluntarios para mudarse a esos paraísos…
 
 


(Postdata: al menos durante un tiempo este será el último post sobre la crisis griega. En ocasiones polemizar por escrito según de qué cosas nos termina produciendo rozaduras, como los zapatos que nos gustan pero a la vez nos aprietan…)


jueves, 2 de julio de 2015

Crisis en Grecia: ¿drama o chantaje?

 
En estos días Europa asiste, entre atónita y hastiada, a un nuevo episodio de la interminable historia del drama de Grecia, consistente en la constatación de la persistente y rotunda incapacidad de ese país para salir de la crisis económica que le castiga desde hace más de un lustro, la imposibilidad de devolver los miles de millones de euros con los que Europa ha intentado insuflar oxígeno a la sociedad y las finanzas helenas, y el sufrimiento que lacera a amplias capas de su ciudadanía, y que la ha llevado a la frustración y la desesperanza más absolutas.
 
El desencadenante del hasta ahora último acto de esta historia ha sido el agotamiento del segundo rescate financiero de la Eurozona a Grecia, la caída en mora del país, el riesgo aparentemente inminente de que Atenas no pueda seguir atendiendo a sus más elementales compromisos financieros (pensiones, sueldos de funcionarios, intereses de la deuda…), y sobre todo la respuesta desleal y populista que el gobierno de Alexis Tsipras y SYRIZA ha dado a este apocalíptico escenario, consistente en levantarse de la mesa de negociación con la Eurozona y convocar por sorpresa una especie de referéndum plebiscitario a través del cual pretende escenificar un aquelarre con el que responsabilizar a Europa de todos los males de Grecia, sin excepción, y a la vez chantajear a las instituciones y a los ciudadanos europeos con el daño colateral que acarrearía el hundimiento final de Grecia si Europa no se rasca de nuevo el bolsillo para salvar una vez más al país y sacarlo del atolladero en que se encuentra, a saber: la puesta en cuestión del futuro del euro, y aun del propio proyecto europeo; la inestabilidad absoluta en los mercados financieros; la subida de tipos de interés y el encarecimiento de la financiación en Europa; y en última instancia el riesgo de un efecto dominó mediante el cual la onda expansiva del terremoto económico e institucional que está hundiendo a Grecia pudiera llevarse también por delante a los eslabones más débiles de la cadena del euro (por supuesto a Portugal e Irlanda, y, ¿por qué no? en un determinado momento quizá también a Italia, y aún a la propia España…).
 
Ante este panorama, un sector de las instituciones europeas ya ha empezado a maniobrar para buscar un compromiso que poder ofrecerle a Alexis Tsipras y a SYRIZA, y desbloquear así la situación. De esta forma, algunos pretenderían conjurar el mal mayor (el Armagedón definitivo en la Eurozona a cuenta de la crisis griega…) asumiendo el mal menor, y comprar con dinero (con más dinero… y van ya 315.000 millones de euros prestados por los acreedores internacionales a Grecia, con lo que cada ciudadano griego toca de media a casi 30.000 euros de deuda a sus espaldas…) el que el gobierno de Atenas no lleve a su pueblo al suicidio económico y se lance a la suspensión de pagos siguiendo la estela que en el pasado ya recorrieron naciones tan reconocidas por su fortaleza económica e institucional (???) como La Argentina, Nigeria, Ucrania o Turquía.
 
Y estos biempensantes no están solos, porque un número no desdeñable de ciudadanos europeos (unos cuantos de ellos españoles) tienden a pensar que lo que está ocurriendo en Grecia es una especie de versión macroeconómica de las plagas bíblicas, que castiga injustamente a los griegos por unos pecados que ellos no han cometido (quizá sí sus políticos, sus empresarios, sus oligarcas, sus clases dirigentes en definitiva, pero no los ciudadanos…), por lo que nuestra obligación moral es asistirlos y salvarlos de la tragedia en que se ven inmersos, cueste lo que cueste.
 
Toda esta interpretación seráfica del drama griego, visto como una especie de lucha desigual entre el mal absoluto personificado en las clases dirigentes y el bien absoluto encarnado por los ciudadanos de a pie, resultaría estupenda y desde luego muy tranquilizadora para nuestras conciencias. Eso sí, si fuera verdad.
 
Porque lo que ocurre en realidad, al menos desde mi punto de vista (los que me seguís ya me conocéis: liberal converso y por tanto recalcitrante donde los haya…), es que Grecia y los griegos están donde están como consecuencia de cómo se han gobernado a sí mismos durante décadas. Y lo que las instituciones europeas (y los biempensantes que les rodean…) deberían hacer es medir las consecuencias de su buenismo y, de paso, ocuparse de proteger al conjunto de los ciudadanos europeos, no vaya a ser que al final salgamos todos (los griegos, pero también el resto de los ciudadanos de la Eurozona…) trasquilados de este trance.
 
Y en este sentido, a quienes aquí en España critican a Angela Merkel (y al Eurogrupo, y al Banco Central Europeo, y al Fondo Monetario Internacional, y a cualquiera que huela a economista mínimamente ortodoxo…), a aquellos rechazan el denominado “austericidio”, a quellos que apoyan apasionadamente a Alexis Tsipras y a SYRIZA, y que están totalmente a favor de la condonación de la deuda griega que propone Atenas, a todos ellos me gustaría, para empezar, preguntarles un par de cosas:
  • Si sus aspiraciones se hicieran realidad, ¿son conscientes de que por ejemplo España y los españoles dejaríamos de recuperar la deuda pública griega en manos del Estado español, y que la broma nos podría salir por aproximadamente unos 26.000 millones de euros?
  • Si eso ocurriera, ¿en dónde exactamente propondrían ellos que recortáramos esos 26.000 millones de euros a fin de compensar la pérdida que eso supondría para España? ¿En sanidad? ¿En educación? ¿Quizá en pensiones?
 En realidad, lo que los ciudadanos de la Eurozona deberíamos hacer es aparcar de una vez el beatífico buenismo naif que tanto nos gusta practicar de vez en cuando, y empezar a reclamar a nuestras instituciones y nuestras autoridades que hagan su trabajo, que dejen ya de actuar con tanta debilidad en la gestión de la crisis griega, y que no sigan contemporizando con el chantaje permanente y el comportamiento errático del gobierno de Atenas.
 
Por el contrario, los ciudadanos europeos deberíamos ser los primeros en exigir a nuestros gobiernos que impusieran el rigor y la seriedad en la relación con Grecia, y que no se olvidaran de que su obligación como servidores públicos es en primer lugar, y antes que nada, protegernos a nosotros y a nuestros intereses.
 
Sí, el primer objetivo de las instituciones europeas en la gestión de esta crisis debería ser protegernos: salvaguardar nuestros ahorros y nuestras pensiones; tratar de evitar por todos los medios que las locuras helenas en materia económica contaminen y deterioren nuestras cuentas públicas y hagan desbocarse el coste de financiación de nuestra deuda; hacer todo lo posible para conjurar el riesgo de que se dispare la inflación, se hunda el valor del euro, y nuestros ahorros se evaporen; en última instancia, evitar que Alexis Tsipras y SYRIZA nos arruinen a todos.
 
A fin de cuentas, el resto de los europeos no tenemos por qué pagar de nuestro bolsillo las consecuencias de décadas de derroche y fiasco económico de Grecia, ni el populismo de Alexis Tsipras y SYRIZA, ni tampoco la complacencia de amplios sectores de la sociedad griega con políticos que les han robado y les han llevado a la ruina.
 
Por su parte, Grecia y los griegos tendrían que dejar de seguir negando la realidad de su país comportándose como adolescentes, y tendrían que empezar a acostumbrarse de una vez a pagar sus facturas con su propio dinero.
 
Porque, como dijo el poeta griego Homero allá en el siglo VIII antes de Cristo, "La juventud tiene el genio vivo y el juicio débil", y esto aplica tanto para los jóvenes biológicos como para los de espíritu, también en política y en economía...