lunes, 30 de enero de 2017

Trump, CEO de USA Corporation


   El inicio de la presidencia de Donald Trump nos está enseñando algunas cosas interesantes de lo que se nos puede venir encima durante su mandato al frente de los Estados Unidos.

Trump está tomando decisiones a golpe de Orden Ejecutiva, con una agilidad y una rotundidad que más parece el estilo de un Consejero Delegado de una empresa cotizada en Wall Street que el de un gobernante de un país occidental.

Trump está empezando a poner en práctica las promesas más controvertidas que realizó durante la campaña electoral, y ello para consternación de la cohorte de analistas políticos que daban por hecho que las promesas electorales se hacen para conseguir votos pero no para ser cumplidas, como pasa con la generalidad de los políticos de hoy en día.

Trump está desgranando su visión política a golpe de tuit, condensando en 140 caracteres sus ideas políticas mediante mensajes simplistas, planos, de trazo grueso, sin matices, mitineros y demagógicos, más apropiados para un reality show que para la presidencia del país más poderoso de la tierra, pero muy en línea con la tendencia del mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que un trending topic tiene más valor que cualquier análisis fundamentado, por muy profundo y riguroso que sea.

Hasta ahora, y aunque solo lleva semanas siendo Presidente de los Estados Unidos, Trump ha actuado contra los derechos de los más desfavorecidos en materia sanitaria, contra las políticas de protección del medio ambiente, contra la inmigración, contra México, contra los musulmanes, contra el libre comercio, y contra la globalización, Muchas decisiones reactivas para un periodo tan corto de tiempo...

Sin embargo más allá de que sepamos que añora la vuelta de la América de los Años 50 del siglo pasado, más allá de que seamos conscientes de que sueña con una América wasp, de gomina y tupé, de Western, dibujos animados de Walt Disney y comics de Marvel, ¿Alguien sabe qué mundo quiere construir Donald Trump? ¿Alguien tiene idea de en qué consiste su visión política para los próximos cuatro años?

Estoy dispuesto a aceptar el hecho de que Donald Trump considere que se debe en primer lugar a los ciudadanos norteamericanos que le dieron su voto, gracias a los cuales hoy en día es Presidente de los Estados Unidos de América, y a que por tanto quiera cumplir sus promesas electorales.

Sin embargo, si su política se limita a desmontar la de su predecesor y no es capaz de poner encima de la mesa propuestas que ofrecer a los ciudadanos, entonces Donald Trump no se estará comportando como un político al uso, ni tampoco como el gran ejecutivo con capacidad de resolución de los problemas y estilo directo destinado a regenerar la vida pública con las formas y el lenguaje de la empresa privada, sino que más bien nos estará descubriendo que es pura y simplemente un demagogo sin ideas, un mono con pistola al que el azar le ha regalado el Despacho Oval de la Casa Blanca...


lunes, 23 de enero de 2017

Jornada laboral, conciliación y libertad


   Cada cierto tiempo los medios de comunicación dedican su atención a la cuestión de la conciliación entre la actividad laboral y la vida personal y, vinculado a este asunto, al tema de la regulación de los horarios comerciales y la jornada de trabajo.

El argumento de los medios es que las jornadas laborales son excesivamente largas; que los horarios comerciales se rigen solo por las ansias del mercado, no permiten el descanso de los trabajadores, son demasiado prolongados, y favorecen exclusivamente a las grandes superficies en detrimento del pequeño comercio tradicional; que van en contra de la productividad y perjudican a la vida familiar; y que esta situación es intolerable y debe cambiar.

Así, no es infrecuente leer declaraciones de expertos que propugnan impulsar un recorte en los horarios laborales para hacerlos más "modernos", de sindicatos que protestan por las jornadas de trabajo abusivas a las que estarían sometidos los trabajadores y abogan por políticas coercitivas por parte del Estado para acabar con esa situación, y de colectivos progresistas que denuncian la falta de implicación del hombre en las tareas domésticas con la excusa de las largas jornadas de trabajo y concluyen en que ese es uno de los orígenes de la discriminación machista que sufren las mujeres.

Todas estas críticas tienen una base común que, por más que sea generalmente aceptada hoy en día, en mi opinión es bastante discutible.

Los que propugnan la limitación generalizada de horarios confunden el Derecho de los trabajadores desde un punto de vista individual a tener unas jornadas laborales razonables con la supuesta necesidad de imponer a la sociedad en su conjunto restricciones que en realidad van en contra de la libertad, la productividad y la iniciativa privada. Porque una cosa es que un trabajador tenga derecho a una jornada razonable que respete su vida privada y su derecho al ocio y al descanso, y otra cosa totalmente distinta es que para garantizar eso haya que obligar a los negocios a funcionar, por ejemplo, solo de lunes a viernes y de nueve de la mañana a seis de la tarde, y prohibir las aperturas en fines de semana y festivos, y estar en contra de la libertad de iniciativa y contratación, y combatir el trabajo a turnos o la flexibilidad de jornada.

Porque el mundo no se para los viernes a partir de las seis de la tarde, y los clientes quieren consumir, y deben de poder hacerlo, cómo y cuándo ellos libremente decidan y no cuando lo establezca un decreto de regulación de horarios; en el mundo y en la vida pasan cosas los días laborables a partir de las seis de la tarde, y los fines de semana, e incluso los festivos, y el aparato productivo de un país debe dar respuesta a esas necesidades en vez de ignorarlas y hacer como que no existen.

Y es que las sociedades que progresan, las más dinámicas, las más productivas, no son las que ponen límites a la iniciativa de cada cual, a su libertad y a su autonomía, sino por el contrario las que garantizan los medios para que cada cual sea libre de tomar sus decisiones y ponerlas en práctica como mejor le convenga.

En última instancia, de lo que se trata no es de que los países y las sociedades trabajen cada mes menos, sino más bien lo contrario, de que cada vez trabajen más y mejor.

¿O es que acaso pretendemos ponerle puedas al campo? ¿Dejará de haber acontecimientos y realidades de trascendencia económica simplemente porque así lo diga una regulación de horarios? ¿Y qué pasa si la bolsa de Nueva York se desploma cuando aquí es madrugada, o si alguien quiere reservar un hotel y comprar un billete de avión un día festivo, o si yo quiero salir de compras y luego a cenar un domingo? ¿Hacemos como que no hay desplome de la bolsa, o perdemos la oportunidad de ahorrar en las vacaciones, o nos quedamos sin comprar la camisa y sin cenar porque es fin de semana?

En vez de inmiscuirse en la libertad de cada cual, a lo que deberían dedicarse los poderes públicos en relación a esta cuestión es a garantizar que las leyes que ya tenemos se cumplen de verdad, y que cada trabajador trabaja efectivamente las horas que le corresponden y no más, y que no se le impongan jornadas abusivas, y que las horas extras que realice se le pagan. Y a partir de ahí que las partes y los agentes sociales y económicos tengan libertad para negociar y pactar lo que les parezca, también en lo relativo a las jornadas y los horarios laborales.

Porque si no es así caeremos en el absurdo de pretender prefabricar y domesticar la realidad, y, parafraseando al humorista, propiciaremos que, por ejemplo, el enemigo nos ataque los viernes a partir de las seis de la tarde y los fines de semana, para garantizarse así que nuestros soldados no combatirán, nuestros periodistas no informarán, nuestros sanitarios no curarán a los heridos, y nuestros gobernantes no reaccionarán, porque todos ellos estarán fuera de la jornada laboral reglada y se habrán marchado de fin de semana...

miércoles, 4 de enero de 2017

Obama: El pato cojo se encabrita



   El próximo 20 de enero de 2017 Donald Trump jurará su cargo como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, tras su victoria frente a la candidata demócrata Hillary Clinton en las elecciones presidenciales celebradas el pasado 8 de noviembre de 2016.

Ese día finalizará también el mandato de Barack Obama, quien probablemente pasará a la historia como uno de los inquilinos de la Casa Blanca que más ilusiones y expectativas despertó al inicio de su magistratura, pero también como uno de los presidentes con un legado más mediocre y más frustrante que se recuerda tras dos mandatos consecutivos al frente de la todavía nación más poderosa de la tierra.

Y es que si analizamos la América que nos dejará Obama el próximo 20 de enero, necesariamente tendremos que concluir en que no se destaca especialmente por los logros alcanzados, sino más bien por los problemas que se han quedado sin resolver.

Así, la economía de Estados Unidos sigue eternamente dependiente de la metadona monetaria de la Reserva Federal y la financiación procedente del ahorro externo (con China como el principal tenedor de deuda americana del mundo); la guerra contra el yihadismo está empantanada y no tiene visos de evolución positiva en el medio plazo; la sociedad norteamericana es menos próspera y más desigual hoy que hace ocho años; la reforma sanitaria que constituyó una de las principales banderas ideológicas de Obama está atascada y probablemente moribunda; el papel de los Estados Unidos en el mundo es cuestionado de forma indisimulada tanto por una Rusia cada vez más pujante en política exterior como, sobre todo, por aliados (?) indeseables con principios y valores incompatibles con la concepción occidental del mundo (Arabia Saudí, Egipto, Marruecos...), preocupados solo por oprimir a sus sociedades y perpetuar a sus élites corruptas en el poder, y todo ello con la complicidad culpable de Washington; Estados Unidos ha traicionado décadas de lucha a favor de la libertad en Cuba (en realidad en el mundo entero...) y se ha avenido a blanquear a la dictadura castrista a cambio de una mención para Obama en los libros de historia como “el presidente que inició el deshielo con La Habana”; etc., etc., etc.

Y en este contexto de final de ciclo político, cuando al presidente saliente los usos de la democracia americana le atribuyen un papel discreto y prudente, respetuoso con la nueva administración que está por venir, Obama, en vez de comportarse como el “pato cojo” que le corresponde ser al final de su mandato, está dando en las últimas semanas inquietantes señales de falta de lealtad institucional mediante la puesta en marcha de iniciativas políticas que no parecen tener otra finalidad que intentar condicionar a la nueva administración Trump con una política de hechos consumados, y fabricar un legado de supuesta coherencia política de cara a sus fieles, quien sabe si tratando de preparar el terreno para una futura candidatura a la presidencia de Estados Unidos de su mujer Michelle Obama, en el contexto de una política norteamericana cada vez más patricia y más dinástica, pero también cada vez menos democrática...

De este modo, estamos asistiendo a la adopción de impactantes decisiones de calado, verdaderas cargas de profundidad políticas, en los días finales de la administración Obama: la retirada sin precedentes del apoyo a Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU en relación a la cuestión de los asentamientos en Jerusalén Este y en Judea y Samaria; el enfrentamiento político con Moscú y la subsiguiente expulsión de 35 diplomáticos rusos justo después del triunfo de Putin y su aliado el presidente Bashar al-Assad en la reconquista de Alepo, que deja al descubierto el fracaso de la estrategia norteamericana en Siria; o los intentos torticeros de maniobrar en las cámaras para maniatar al futuro presidente Trump y blindar las decisiones más ideológicas de la era Obama...

Lo que pasa es que los principios, las formas, y los usos y costumbres son esenciales en una democracia de calidad si no queremos que esta acabe devaluada y convertida en un circo, y por eso mismo nunca deberían retorcerse ni manosearse, y mucho menos si lo que se persiguen son fines hedonistas y bastardos.

En consecuencia, más le valdría al pato cojo en que ya se ha convertido Barack Obama dejar de encabritarse, asumir su papel en el final del cuento, y hacer un traspaso de poderes como Dios manda a la futura administración Trump.