martes, 27 de diciembre de 2016

Feliz Navidad para todos



(Puesta de sol en Madrid)
   Cumplir años significa coleccionar anhelos fracasados, añorar amores perdidos, y aceptar el alejamiento de amigos que acaso no lo eran tanto.

Hacerse mayor es sinónimo de aprender a convivir con la decepción, de llegar a la convicción de que lo que en realidad excusa las debilidades y los egoísmos de los demás son nuestras propias debilidades y egoísmos.

Porque al final lo único útil para ir por la vida con algo de decencia es acumular una buena dosis de indulgencia que nos permita hacernos perdonar nuestras faltas precisamente porque perdonamos las faltas de los otros.

Cuando éramos jóvenes estábamos convencidos de que todo era posible, de que todo podía cambiarse, y de que todo nos lo merecíamos. Y esa misma inexorabilidad nos llevaba a constituirnos en jueces severísimos de los otros, cuyas debilidades e incoherencias nos permitíamos el lujo de diseccionar de la forma menos caritativa posible.

Pero luego los años van pasando, las pasiones se nos caen a jirones por el camino, los sueños se quiebran, y descubrimos mal que nos pese que en eso, y no en otra cosa, consistía vivir: en encajar, comprender, disculpar y perdonar; y a pesar de todo encontrar la manera de seguir viviendo...

Lo malo es que a veces el descubrimiento nos llega un poco tarde, y ya no tenemos capacidad para desandar lo andado, ni para pedir perdón, ni para dar consuelo. Porque a veces Dios nos castiga negándonos las segundas oportunidades, y entonces no nos queda otra que ingeniárnoslas para vivir el resto de la vida con ese peso y ese sabor a tierra en el alma.

La medida de nuestra grandeza no es el éxito de nuestros proyectos, ni la vigencia de nuestros sueños, ni la nobleza de nuestros ideales, sino solo nuestra capacidad para sentir al otro, para humanizarlo y para hacerlo nuestro.

Lo patético es que para cuando alcanzamos a comprender cómo funcionan en realidad las cosas la mayoría de las veces ya hemos gastado media vida en pretender ser el centro y el inicio de todo a base de dar codazos a los demás.

Pero afortunadamente entonces todavía nos quedará otra media vida para dedicarla a conocer a esos otros, para comprenderlos y para disculparlos; media vida para ser indulgentes...

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo para todos. Ojalá a partir de ahora seáis tan felices que no sepáis distinguir si soñáis o estáis despiertos...


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Vasili Grossman: ¿Qué es el bien?


Vasili Grossman (1905-1964)
   La mayoría de los hombres que viven en la Tierra no se proponen como objetivo definir el «bien». ¿En qué consiste el bien? ¿Bien para quién? ¿De quién? ¿Existe un bien común, aplicable a todos los seres, a todas las tribus, a todas las circunstancias? ¿O tal vez mi bien es el mal para ti y el bien de mi pueblo, el mal para el tuyo? ¿Es eterno e inmutable el bien, o quizás el bien de ayer es el vicio de hoy, y el mal de ayer se ha transformado en el bien de hoy?

Cuando se aproxima el momento del Juicio Final, no sólo los filósofos y los predicadores, también los hombres de toda condición, cultivados y analfabetos, se plantean el problema del bien y el mal.

¿Han asistido los hombres durante miles de años a una evolución del concepto del bien? ¿Es un concepto común a todos los pueblos, a griegos y judíos, como decía el apóstol? ¿No deberíamos tener en cuenta las clases, naciones, Estados? ¿O acaso se trata de un concepto más amplio que engloba también a los animales, a los árboles, a los líquenes, como Buda y sus discípulos aseveraron? el mismo Buda tuvo que negar el bien y el amor de la vida antes de abrazarlos.

He constatado que los diferentes sistemas morales y filosóficos de los guías de la humanidad que se han ido sucediendo en el transcurso de los milenios han limitado el concepto del bien.

La doctrina cristiana, cinco siglos después del budismo, restringió el mundo viviente al cual es aplicable la noción de bien: no contenía a todos los seres vivos, sino sólo a los hombres.

El bien de los primeros cristianos, que abrazaba a toda la humanidad, dio paso al bien exclusivo de los cristianos, mientras que junto a él coexistía el bien de los musulmanes, el bien de los judíos.

Con el transcurso de los siglos, el bien de los cristianos se escindió y surgió el bien de los católicos, el de los protestantes y el de los ortodoxos. Luego, del bien de los ortodoxos nació el bien de los nuevos y los viejos creyentes.

Y existían también el bien de los ricos y el bien de los pobres. Y el bien de los amarillos, los negros los blancos.

Y esa fragmentación continua dio lugar al bien circunscrito a una secta, una raza, una clase; todos los que se encontraban más allá de tan estrecho círculo quedaban excluidos.

Y los hombres tomaron conciencia de que se había vertido mucha sangre a causa de ese bien pequeño, malo, en nombre de la lucha que ese bien libraba contra todo lo que consideraba como mal.

Y a veces el concepto mismo de ese bien se convertía en un látigo, en un mal más grande que el propio mal.

Un bien así no es más que una cáscara vacía de la que ha caído y se ha perdido la semilla sagrada. ¿Quién restituirá a los hombres la semilla perdida?

¿Qué es el bien? A menudo se dice que es un pensamiento y, ligado a este pensamiento, una acción que conduce al triunfo de la humanidad, o de una familia, una nación, un Estado, una clase, una fe.

Aquellos que luchan por su propio bien tratan de presentarlo como el bien general. Por eso proclaman: mi bien coincide con el bien general, mi bien no es sólo imprescindible para mí, es imprescindible para todos. Realizando mi propio bien sirvo al bien general.

Así, tras haber perdido el bien su universalidad, el bien de una secta, de una clase, de una nación, de un Estado asume una universalidad engañosa para justificar su lucha contra todo lo que él conceptúa como mal.

Ni siquiera Herodes derramó sangre en nombre del mal: la derramó en nombre de su propio bien. Una nueva fuerza había venido al mundo, una fuerza que amenazaba con destruirle a él y a su familia destrozar a sus amigos y favoritos, su reino, su ejército.

Pero no era el mal lo que había nacido, era el cristianismo. Nunca antes la humanidad había oído estas palabras: «No juzguéis, y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos... Amad a vuestros enemigos; bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por aquellos que os ultrajan y os persiguen… Todas las cosas
que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es La ley y los profetas».

¿Qué aportó a los hombres esa doctrina de paz y amor?

La iconoclasia bizantina, las torturas de la Inquisición, la lucha contra las herejías en Francia, Italia, Flandes, Alemania, la lucha entre protestantismo y catolicismo, las intrigas de las órdenes monásticas, la lucha entre Nikón y Avvakum, el yugo aplastante al que fueron sometidas durante siglos la ciencia y la libertad, las persecuciones cristianas de la población pagana de Tasmania, los malhechores que
incendiaron en África pueblos negros. Todo esto provocó sufrimientos mayores que los delitos de los bandidos y criminales que practicaban el mal por el mal…

Ese es el terrible destino, que hace arder al espíritu, de la más humana de las doctrinas de la humanidad; ésta no ha escapado a la suerte común y también se ha descompuesto en una serie de moléculas de pequeños «bienes» particulares.

La crueldad de la vida engendra el bien en los grandes corazones, y éstos llevan ese bien a la vida, estimulados por el deseo de cambiar el mundo a imagen del bien que vive en ellos. Pero no son los círculos de la vida los que cambian a imagen y semejanza de la idea del bien, sino la idea del bien la que se hunde en el fango de la vida, se quiebra, pierde su universalidad, se pone al servicio de la cotidianidad y no esculpe la vida a su hermosa pero incorpórea imagen.

El flujo de la vida siempre es percibido en la conciencia del hombre como una lucha entre el bien y el mal, pero no es así. Los hombres que velan por el bien de la humanidad son impotentes para reducir el mal en la Tierra.

Las grandes ideas son necesarias para abrir nuevos cauces, retirar piedras, desplazar rocas, derribar acantilados, desbrozar bosques. Los sueños del bien universal son necesarios para que las grandes aguas
 corran impetuosas en un único torrente. Si el mar estuviera dotado de pensamiento, en cada tempestad la idea y el sueño de la felicidad nacerían en sus aguas, y cada ola, al romper contra las rocas, pensaría que perece por el bien de las aguas del mar y no advertiría que es levantada por la fuerza del viento, del mismo modo que levantó a miles antes que ella y que levantará a miles después.

Muchos libros se han escrito sobre cómo combatir el mal, sobre la naturaleza del bien y el mal.

Pero lo más triste de todo esto es lo siguiente, y es un hecho indiscutible: cada vez que asistimos al amanecer de un bien eterno que nunca será vencido por el mal, ese mismo mal que es eterno y que nunca será vencido por el bien, cada vez que asistimos a ese amanecer mueren niños y ancianos, corre la sangre. No sólo los hombres, también Dios es impotente para reducir el mal sobre la Tierra.

«Se oye un grito en Ramá, lamentos y un amargo llanto. Es Raquel que llora por sus hijos y no quiere ser consolada; ¡sus hijos ya no existen!» Y a ella, que ha perdido a sus hijos, poco le importa lo que los sabios consideren qué es el bien y qué el mal.

Pero ¿acaso la vida es el mal?

Yo vi la fuerza inquebrantable de la idea del bien social que nació en mi país. 
Vi esa fuerza en el periodo de la colectivización total, la vi en 1937. Vi cómo se aniquilaba a las personas en nombre de un ideal tan hermoso y humano como el ideal del cristianismo. Vi pueblos enteros muriéndose de hambre, vi niños campesinos pereciendo en la nieve siberiana. Vi trenes con destino a Siberia que transportaban a cientos y miles de hombres y mujeres de Moscú, Leningrado de todas las ciudades de Rusia, acusados de ser enemigos de la grande y luminosa idea del bien social.

Esa idea grande y hermosa mataba sin piedad a unos, destrozaba la vida a otros, separaba a los maridos de sus mujeres, a los hijos de sus padres.

Ahora el gran horror del fascismo alemán se ha levantado sobre el mundo. El aire está lleno de los gritos y los gemidos de los torturados. El cielo se ha vuelto negro, el sol se ha apagado en el humo de los hornos crematorios.

Pero estos crímenes sin precedentes, nunca antes vistos en la Tierra ni en el universo, fueron cometidos en nombre del bien.

Hace tiempo, cuando vivía en los bosques del norte, pensé que el bien no se hallaba en el hombre, ni tampoco en el mundo rapaz de los animales y los insectos
, sino en el reino silencioso de los árboles. No era cierto. Vi el movimiento del bosque, la lucha cruenta que entablan los árboles contra las hierbas y matorrales por la conquista de la tierra. 
Miles de millones de semillas vuelan a través del aire y comienzan a germinar, destruyendo la hierba y los arbustos. Millones de brotes de hierba nueva entran en liza unos contra otros. Y sólo los supervivientes constituyen una alianza de iguales para formar la única fronda del joven bosque fotófilo. Abetos y hayas vegetan en un presidio crepuscular, encerrados en la fronda del bosque. Pero para los vencedores también llega el momento de la decrepitud, y vigorosos abetos se yerguen hacia la luz, matando los alisos y los abedules.

Así es la vida del bosque, una lucha constante de todos contra todos. Sólo los ciegos pueden imaginar el reino de los árboles y la hierba como el mundo del bien.

¿Acaso la vida es el mal?

El bien no está en la naturaleza, tampoco en los sermones de los maestros religiosos ni de los profetas, no está en las doctrinas de los grandes sociólogos y líderes populares, no está en la ética de los filósofos. Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto vive; aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo. Al final del día prefieren el calor del hogar a encender hogueras en las plazas.

Así, además de ese bien grande y amenazador, existe también la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da de beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad de los jóvenes que se apiadan de los ancianos, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío. Es la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de prisioneros y reclusos, con cuyas ideas no congenia, a sus madres y mujeres.

Es la bondad particular de un individuo hacia otro, es una bondad sin testigos, pequeña, sin ideología. Podríamos denominarla bondad sin sentido. La bondad de los nombres al margen del bien religioso y social.

Pero si nos detenemos a pensarlo, nos damos cuenta de que esa bondad sin sentido, particular, casual, es eterna. Se extiende a todo lo vivo, incluso a un ratón o a una rama quebrada que el transeúnte, parándose un instante, endereza para que cicatrice y se cure rápido.

En estos tiempos terribles en que la locura reina en nombre de la gloria de los Estados, las naciones y el bien universal, en esta época en que los hombres ya no parecen hombres y sólo se agitan como las ramas en los árboles, como piedras que arrastran a otras piedras en una avalancha que llena los barrancos y las fosas, en esta época de horror y demencia, la bondad sin sentido, compasiva, esparcida en la vida como una partícula de radio, no ha desaparecido.

Unos alemanes llegaron a un pueblo para vengar el asesinato de dos soldados. Por la noche reunieron a las mujeres del lugar y les ordenaron cavar una fosa en el lindero del bosque. Varios soldados se instalaron en la casa de una anciana. Su marido había sido conducido por un politsai a la comisaría donde ya habían detenido a veinte campesinos. La anciana no pudo conciliar el sueño durante toda la noche. Los alemanes encontraron en el sótano un cesto de huevos y un tarro de miel, encendieron ellos mismos el fogón, se hicieron una tortilla y bebieron vodka. Luego, el mayor de todos se puso a tocar la armónica y los otros, golpeando con los pies, entonaron una canción. A la propietaria de la casa ni siquiera la miraban, como si fuera un gato. Cuando hubo amanecido, empezaron a comprobar sus subfusiles, y el mayor de los soldados, apretando por equivocación el gatillo, se disparó en el estómago. Todos se pusieron a gritar, se armó un gran revuelo. Vendaron de cualquier modo al herido y lo colocaron en la cama. En aquel momento llamaron a los soldados desde fuera. Con gestos ordenaron a la mujer que cuidara del herido. La mujer pensó lo fácil que le resultaría estrangularlo: el hombre musitaba palabras incomprensibles, cerraba los ojos, lloraba, chasqueaba los labios. De repente el alemán abrió los ojos y dijo con voz clara: «Madre, agua».

—Ay, maldito seas —dijo la mujer—. Lo que tendría que hacer es estrangularte.

Y le dio agua. Él le sujetó la mano y le dio a entender que quería sentarse, que la sangre no le dejaba respirar. La mujer lo levantó, mientras él se sostenía con los brazos alrededor de su cuello. De pronto se oyó un tiroteo fuera y la mujer se estremeció.

Después explicó a la gente lo que había pasado, pero nadie la comprendió; ni ella misma sabía explicárselo.

Esa especie de bondad por su sinsentido en la fábula del ermitaño que calentó a una serpiente en su pecho. Es la bondad que tiene piedad de una tarántula que ha mordido a un niño. ¡Bondad ciega, insensata, perjudicial!

A la gente le gusta buscar en las historias y fábulas ejemplos del peligro de esta bondad sin sentido. ¡No hay que tener miedo! Temerla es lo mismo que temer un pez de agua dulce que por casualidad ha caído del río hacia el océano salado.

El daño que esa bondad sin sentido a veces puede ocasionar a la  sociedad, a la clase, a la raza, al Estado, palidece ante la luz que irradian los hombres que están dotados de ella.

Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. La vida no es el mal, nos dice.

Esta bondad es muda y sin sentido. Es instintiva; ciega. Cuando la cristiandad le dio forma en el seno de las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, comenzó a oscurecerse; su semilla se convirtió en cáscara. Es fuerte mientras es muda, inconsciente y sin sentido, mientras vive en la oscuridad viva del corazón humano, mientras no se convierte en instrumento y mercancía en manos de predicadores, mientras que su oro bruto no se acuña en moneda de santidad. Es sencilla como la vida.  Incluso las enseñanzas de Jesús la privaron de su fuerza; su fuerza está en el silencio del corazón humano.

Pero, perdida la fe en el bien, comencé a dudar también de la bondad. Me da pena su impotencia. ¿Para qué sirve entonces? No es contagiosa.

Me pareció que era tan bella e impotente como el rocío. ¿Cómo se puede transformar su fuerza sin echarla a perder, sin sofocarla como hizo la Iglesia?  ¡La bondad es fuerte mientras es impotente! Si el hombre trata de transformarla en fuerza, languidece, se desvanece, se pierde, desaparece.

Ahora veo la auténtica fuerza del mal. Los cielos están vados. El hombre está solo en la Tierra. ¿Cómo sofocar, pues, el mal? ¿Con gotas de rocío vivo, con bondad humana?  No, esa llama no puede apagarse ni con el agua de todos los mares y las nubes, no puede apagarse con un pobre puñado de rocío recogido desde los tiempos evangélicos hasta nuestro presente de hierro...

Así, habiendo perdido la esperanza de encontrar el bien en Dios, en la naturaleza, comencé a perder la fe en la bondad. 

Pero cuanto más se abren ante mí las tinieblas del fascismo, más claro veo que lo humano es indestructible y que continúa viviendo en el hombre, incluso al borde de la fosa sangrienta, incluso en la puerta de las cámaras de gas.

Yo he templado mi fe en el infierno. Mi fe ha emergido de las llamas de los hornos crematorios, ha traspasado el hormigón de las cámaras de gas. He visto que no es el hombre quien es impotente en la lucha contra el mal, he visto que es el mal el que es impotente en su lucha contra el hombre. En la impotencia de la bondad, en la bondad sin sentido, está el secreto de su inmortalidad. Nunca podrá ser vencida. Cuanto más estúpida, más absurda, más impotente pueda parecer, más grande es. ¡El mal es impotente ante ella! Los profetas, los maestros religiosos, los reformadores, los líderes, los guías son impotentes ante ella. El amor ciego y mudo es el sentido del hombre.

La historia del hombre no es la batalla del bien que intenta superar al mal. La historia del hombre es la batalla del gran mal que trata de aplastar la semilla de la humanidad. Pero si ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá.





Transcripción del capítulo 16 de la SEGUNDA PARTE de "Vida y destino", de Vasili Grossman, (1905-1964). Dedicado a Alberto...


domingo, 18 de diciembre de 2016

Una verdadera identidad para Europa



El final del pasado siglo XX y el inicio del presente siglo XXI han sido años de buenísimo en la construcción europea, caracterizados por una mezcla de bonanza económica sostenida, disponibilidad aparentemente ilimitada de fondos con los que comprar voluntades europeístas, sucesivas y poco meditadas ampliaciones hacia el este para extender el hinterland económico de la Unión Europea (sobre todo alemán...), y una irreflexiva autocomplacencia ante el papel que habría de desarrollar Europa Occidental en el mundo tras el hundimiento de la extinta Unión Soviética.

Sin embargo, esos años en los que imperó una visión naif y adolescente de la construcción europea dejaron sin resolver cuestiones esenciales para el futuro que, una vez llegaron las dificultades en que nos sumió la crisis, provocaron el baño de realidad y la cura de humildad del proyecto europeo en que ahora estamos inmersos, y que nos está pasando una costosa factura en términos de desencanto y euroescepticismo.

Y es que en el caso europeo la crisis económica se ha convertido también en una crisis política y de valores, que ha puesto sobre la mesa una compleja lista de problemas pendientes de resolver.

Está la cuestión de cuál debe ser la estación de destino del proyecto europeo: un estado federal, solo una Europa de las Patrias, o exclusivamente un supermercado continental de bienes y servicios.

Vinculada a la anterior se plantea el tema de cuál debe ser el proceso de toma de decisiones: si por unanimidad de los Estados miembros o de forma proporcional, si por decisión del conjunto de ciudadanos de la Unión o parcelando la representatividad estado a estado, si reconociendo o no el papel de las regiones que forman parte de los Estados miembros.

Por otro lado surge la discusión sobre si deben tener preeminencia la legislación y las estructuras comunitarias, o si por el contrario la prevalencia debe corresponder a las leyes y las estructuras nacionales, o incluso a las regionales.

Está en fin el asunto de cuál debe ser el papel de la Unión Europea en el mundo, si una potencia autónoma (Ay, si De Gaulle y su concepto de " La Grandeur" levantarán la cabeza...) o un mero asistente de los Estados Unidos, o incluso si Europa debe tener algún papel propio más allá del de cada uno de sus estados miembros miembros (Francia y Alemania defendiendo posturas antagónicas en la Guerra de Yugoslavia, Polonia y los demás países del Este apoyando a Ucrania en el conflicto con Rusia mientras Alemania e Italia contemporizan con Moscú, etc., etc., etc...).

Y no nos olvidemos del más reciente y dramático ejemplo de esquizofrenia de la política europea, cual es la cuestión de decidir sobre cómo afrontar el reto de la inmigración ilegal que llama a nuestras puertas, y que nos está obligando a los europeos a mirarnos en el espejo de nuestras contradicciones, nuestros miedos y nuestra hipocresía sin que hasta ahora hayamos sido mínimamente capaces de construir una visión común, y mucho menos de expresarla abiertamente sin nuestra usual mala conciencia fruto de la tiranía de lo políticamente correcto.

Al final de la historia, de lo que se trata es de establecer de una vez cuáles son los objetivos últimos de la Unión Europea, cuál es la estación de destino del tren de la construcción europea, que no debería ser otro que la constitución de un sujeto político federal que rebase los límites de los estados nacionales, que otorgue el poder de decisión al conjunto de los ciudadanos de la Unión como titulares de una soberanía europea, y que asuma sin complejos su papel y su destino en el mundo como una potencia autónoma con capacidad real para hacer frente de manera independiente a los retos y las amenazas de un mundo global, con su propia defensa, su propia política exterior, y su propia estrategia coercitiva de salvaguarda de las leyes que nos hemos dado, incluyendo las reglas que deben respetar aquellos que legítimamente quieren encontrar un futuro mejor en Europa e incorporarse a nuestra sociedad, que necesariamente deben recibir un trato distinto del destinado a aquellos que vulneran las reglas, que violan las fronteras, o que atentan contra nuestros principios y valores.

La disyuntiva no puede ser, no debe ser, tener que elegir entre una visión de Europa desarmada ante el mundo, relativista y claudicante o por el contrario ser solo un mosaico de naciones encerradas en sí mismas y ancladas patrioterismos trasnochados.

Hace falta de una vez construir sin complejos una verdadera identidad para Europa, y quien no crea en ello hará bien en bajarse del tren, y los demás no debemos impedírselo, porque el quintacolumnismo ideológico no ha de tener cabida en el proyecto tan ambicioso como retador de construir una verdadera Europa Unida por y para los ciudadanos europeos.