sábado, 21 de abril de 2018

Pubs de Irlanda




Pubs de Irlanda.

(Fotografías tomadas en marzo de 2018).




martes, 10 de abril de 2018

Glendalough: "el Valle de los dos lagos".


"Saint.Kevin’s Kitchen" - Glendalough


Iglesia de San Kevin ("Saint.Kevin’s Kitchen"), construida en el siglo XII. Conjunto monástico de Glendalough (Condado de Wicklow - Irlanda).

(Fotografía tomada en marzo de 2018).




jueves, 5 de abril de 2018

La decadencia de Europa en el siglo XXI


Rock of Cashel (Irlanda)
   Hubo un tiempo no demasiado lejano en el que las cosas importantes pasaban en Europa.

En aquel entonces el crecimiento económico, los avances tecnológicos, el arte, o los cambios sociales que marcaban la pauta de la evolución humana tenían como protagonistas a los habitantes de este pequeño rincón del mundo encajonado entre el Atlántico, el Mediterráneo y los Urales.

En el periodo que va del final del siglo XV a mediados del siglo XX los mejores referentes que explican el devenir de la humanidad fueron europeos: Vasco de Gama, Cristóbal Colón y Juan Sebastián Elcano ensancharon nuestra geografía; Cervantes, Beethoven y Rembrandt nos mostraron cuánta belleza puede llegar a crear el espíritu humano; Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suarez pusieron las bases del Derecho Natural y el Orden Internacional; John Locke, Thomas Hobbes e Immanuel Kant establecieron las pautas para encontrar nuestro sitio en el mundo; Adam Smith, Karl Marx y Friedrich Hayek explicaron la realidad económica de nuestra sociedad y nos ayudaron a comprender su evolución.

Sin embargo, con el arranque del siglo XX Europa, que fue capaz de lo mejor durante 300 años, empezó también a enseñarle al mundo lo peor de sí misma: la mezquindad estéril del colonialismo en África y Asia; el carácter autodestructivo de la política europea que nos abocó en menos de 30 años a dos guerras mundiales; y sobre todo la crueldad sin límites que sembró la tierra de cadáveres una y otra vez a golpe de pogrom de la Rusia Zarista, genocidio armenio, holocausto en la Alemania Nazi, deportaciones masivas en la Unión Soviética o limpiezas étnicas durante la Guerra de los Balcanes.

Y es que en la actualidad los europeos asistimos con una mezcla de dejadez y fatalismo a la constatación de nuestra propia decadencia como sociedad. Porque actualmente, aunque todavía nos pasemos el día ensimismados en nuestros pequeños problemas, nuestras pequeñas rencillas y nuestras pequeñas miserias, no nos queda más remedio que reconocer que el mundo hace tiempo que dejó de girar alrededor nuestro.

Hoy en día las cosas importantes ya no pasan en nuestro querido Viejo Continente. Por el contrario, las nuevas ideas, los conceptos novedosos, o los planteamientos disruptivos se desarrollan cada vez más en Asía, incluso todavía en América, mañana tal vez también en África, pero no en Europa.

Como ya ocurrió hace mil años, cuando Europa transitaba por la Edad Media mientras Bagdad y Damasco eran las grandes metrópolis de Oriente Medio, y China, con Pekín a la cabeza, ejercía de indiscutible punto focal de la civilización, en esta segunda década el siglo XXI el centro neurálgico de las cosas se desplaza cada día más y más fuera de nuestras fronteras, sobre todo hacia el este.

Londres, París, Madrid o Berlín son ya poco más que parques temáticos del buen vivir a los que las fortunas de Rusia, el Golfo Pérsico, el Subcontinente Indio o Extremo Oriente vienen a gastar su dinero de la forma más ostentosa posible. Y nuestras empresas y hasta nuestro patrimonio cultural son objeto de compraventa a golpe de talonario en yenes, yuanes, dirhams o dólares.

Y en este contexto lo que digan o hagan Theresa May, Emmanuel Macron, Mariano Rajoy, o incluso Angela Merkel es poco más que simbólico y testimonial al lado de las decisiones que toman los que de verdad mandan en el mundo: Vladímir Putin, Donald Trump o Xi Jinping.

Lo único importante que nos queda a los europeos, y no es poco, es la preservación de una determinada concepción del mundo que pone en el centro de nuestra concepción de la vida al ser humano, a sus derechos, a su igualdad, a su libre albedrío, a su creatividad, y a su sentido de la trascendencia.

De nosotros depende proteger, desarrollar y difundir esos valores de libertad y de democracia que hacen de Europa una feliz excepción y una isla de civilización y de progreso en un mundo en el que desgraciadamente la desigualdad, el sufrimiento, la discriminación y la tiranía siguen siendo la regla o, por el contrario, resignarnos como colectividad a un papel secundario en el mundo, cuando no a engrosar el panteón de las sociedades superadas por la historia.

A fin de cuentas, si ya le pasó al Mundo Griego, a la Civilización Romana y al Islam de finales del primer milenio, ¿por qué no habría de ocurrir lo mismo con nosotros los europeos?






viernes, 23 de marzo de 2018

El mago de Oz y el trabajo en equipo



"El mago de Oz" (en inglés "The Wizard of Oz") es una hermosa fábula en la que una niña llamada Dorothy consigue triunfar frente a la Bruja Mala del Oeste y desenmascarar al falso Mago de Oz con la única ayuda de un león cobarde, un hombre de hojalata sin corazón y un espantapájaros sin cerebro.

Más allá de la ternura de la historia, "El mago de Oz" es una buena alegoría de la vida en general, y del funcionamiento de los grupos humanos en particular.

Y es que, como pasa con los personajes de esta historia, la mayoría de nosotros no somos ni perfectos ni geniales. Y por eso lo que marca la diferencia cuando formamos parte de un equipo no es la brillantez individual de cada uno de los miembros, sino nuestra capacidad para trabajar todos juntos, para lograr que cada persona se desarrolle al máximo, y para de esta manera conseguir colectivamente alcanzar la meta.

Quizá por eso me gustan los líderes que son como el personaje de Dorothy en "El Mago de Oz", aquellos que saben valorar a los leones cobardes, los hombres de hojalata sin corazón y los espantapájaros sin cerebro, y descubren cómo hacer para ayudarles a dar lo mejor de sí mismos y alcanzar juntos el éxito sin dejar a nadie por el camino.




(La película "El mago de Oz 🔊" fue estrenada el 25 de agosto de 1939)








viernes, 23 de febrero de 2018

Geometría flotante


   En este mundo mundo gris, a veces la belleza consiste simplemente en contemplar una geometría flotante irradiando color sobre un fondo blanco...






Instalación de metal, plexiglás iridiscente, cuerdas de poliéster, hilo de pescar, cable de acero y alambre (ref. GJ 676 A c/M+I, 2017) del artista argentino Tomás Saraceno expuesta en la Feria ARCO 2018 de Madrid.

(Fotografía tomada en febrero de 2018).


martes, 30 de enero de 2018

El acuerdo imposible sobre Cataluña



   Según avanza el año estamos asistiendo de nuevo al resurgir de la cuestión catalana como el gran reto para la democracia española como la conocemos.

Tras el emponzoñamiento del problema en los últimos años una vez que el catalanismo político se decidió a salir políticamente del armario y mostrarse como la fuerza radical secesionista y antiespañola que siempre fue, 2017 colocó a la mayoría de los españoles ante al espejo de nuestro fracaso como nación, y nos hizo experimentar, acaso por primera vez en cuarenta años, el vértigo de la posibilidad real de que nuestro país pudiera saltar en pedazos.

Ante este desafío, por un momento pareció que el gobierno de la nación, con Mariano Rajoy a la cabeza, conseguía juntar el valor necesario que no habíamos encontrado en décadas para defender al Estado de Derecho y frenar el desafío independentista, y en ese contexto el Estado decidió el 27 de octubre de 2017 activar el artículo 155 de la Constitución Española, y por este medio cesar al gobierno sedicioso de la Generalidad y disolver el Parlamento de Cataluña.

Sin embargo, una vez tomada esa decisión por el Senado, en lo que parecía ser una demostración de fortaleza en la defensa de nuestro Ordenamiento Jurídico y nuestras Libertades, a Mariano Rajoy y al partido del gobierno le temblaron las piernas y optó por convocar inmediatamente elecciones al Parlamento de Cataluña para el 21 de diciembre de 2017.

De esta manera el Estado renunció a convertir la aplicación del 155 en una oportunidad para revertir décadas de excesos y deslealtades por parte de la Generalidad de Cataluña y de patrimonialización de las instituciones autonómicas catalanas por un nacionalismo sectario obsesionado con dinamitar la Nación Española, todo ello en connivencia con una izquierda en el papel de comparsa, que ha olvidado que el progresismo es ante todo la defensa de la igualdad, y que se ha echado en los brazos del secesionismo para llegar al poder a cualquier precio.

Lo que ha venido después es de sobra conocido: una falsa sensación de que el problema secesionista se había conjurado; políticos rompiendo el consenso constitucionalista a las primeras de cambio con tal de obtener rédito político en cualquier circunstancia; el golpismo catalanista disfrazándose con una falsa piel de cordero para intentar escapar de las consecuencias judiciales de su sedición; un gobierno de la nación renunciando a utilizar los mecanismos derivados del artículo 155 de la Constitución para empezar a revertir las cosas en Cataluña; el secesionismo ganando las elecciones del 21 de diciembre de 2017 y a continuación intentando ridiculizar al Estado con la elección de un prófugo de la Justicia como presidente de la Generalidad; y por último un gobierno que, aterrorizado por las previsibles consecuencias de su inacción, no ve otra salida que empujar al Tribunal Constitucional a caminar por el filo de la navaja y adoptar in extremis decisiones cuando menos cuestionables jurídicamente para evitar la entrada gloriosa de Carles Puigdemont en el Palacio de la Generalidad...

Y es que la memoria es débil y la esperanza de que los problemas se arreglan solo con desearlo nos hace concebir falsas esperanzas. Por eso la sociedad española se convenció a sí misma de que la mera invocación formal del artículo 155 de la Constitución supondría un punto y final para el embate secesionista y a partir de ahí el catalanismo radical secesionista y antiespañol se vendría abajo como un soufflé.

Pero sin embargo la realidad es tozuda y, ¿por qué no decirlo?, antipática, y se empeña en demostrarnos que los atajos en política casi nunca son una solución. Y es que una aplicación del 155 en Cataluña sin incluir la eliminación de los instrumentos del antiespañolismo secesionista incrustados en la maquinaria autonómica catalana no ha librado al gobierno del desgaste político que toda medida impopular supone y, además, ha resultado totalmente estéril, porque, al no extirpar de raíz los mecanismos de poder sectario del secesionismo, nos condena a un enquistamiento del problema secesionista y a una reedición de la crisis separatista en Cataluña a las primeras de cambio. Y eso precisamente es lo que está ocurriendo ahora.

Ya va siendo hora de que la opinión pública española (y sobre todo la autodenominada “progresista”) deje de soñar con un arreglo pactado para la crisis catalana, porque no existe una solución política posible al problema de Cataluña que pueda ser acordada entre los independentistas y el Estado. Y esto es así por una razón muy simple, porque lo único que en realidad quieren los independentistas es algo que pertenece al conjunto de los españoles: el poder.


“Y no hay en tal caso más remedio que arrebatarlo. Todas las coberturas ideológicas y las discusiones metafísicas que se puedan tener giran en torno a este punto esencial. Es muy entretenido el aparato mitológico e ideológico que segrega este tipo de situaciones por ambas partes, pero en líneas generales no contribuye más que a enturbiar el paisaje (...).
La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia, o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder para ganar. 
El nacionalismo necesita siempre un enemigo, ya que no sabe construir en positivo, hacia arriba y hacia delante, sino hacia atrás y hacia abajo. Busca la fragmentación, ya que el control de lo pequeño es siempre más fácil que el de lo grande.” (*)


Asumámoslo de una vez, España solo tiene dos maneras posibles de salir de la crisis catalana: ganando o perdiendo. Y a nosotros nos corresponde decidir hasta dónde estamos dispuestos a llegar para que ocurra una cosa y no la otra.



El tiempo de las especulaciones y los escrúpulos de conciencia se ha terminado.
(*) Cita extraída de la PARTE II, Capítulo 5 del libro "IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA", de María Elvira Roca Barea.