miércoles, 16 de agosto de 2017

Madrid en verano...



    Madrid en verano...

Fotografías tomadas en agosto de 2017.





martes, 15 de agosto de 2017

Las ganas con que nos comemos la vida



   Hacerse mayor significa descubrir que la medida de la vida no reside en aquello en lo que tenemos éxito, sino precisamente en lo que fracasamos.

Por más que en el presente creamos ver que vamos alcanzando metas, cuando tomamos perspectiva de las cosas nos damos cuenta de que todo era poco más que un espejismo, porque lo que queda después de andar el camino no es sino fracasos y sueños rotos.

Crecer es aprender a convivir con lo que nunca llegaremos a alcanzar, con lo que perdimos, y la forma de saber hasta qué punto ha merecido la pena intentarlo consiste en sopesar cuánta pasión y energía fuimos capaces de ponerle a lo que hicimos.

Lo que hace que todo cobre sentido no es el resultado de lo que hacemos, sino el sentimiento que le ponemos a las cosas, de qué manera las deseamos y las soñamos.

Los recuerdos pueden llegar a ser crueles, pero también nos permiten recuperar los sentimientos, volver a saborearlos, sentirlos y palparlos.

La vida es el escaparate de una pastelería visto con los ojos del niño que fuimos, y el cómo la vivimos se pone de manifiesto cada vez que volvemos a sonreír, besar, imaginar o desear.

Lo único real es la pasión con que vivimos, las ganas con las que nos comemos la vida.

Más allá no hay nada.


miércoles, 9 de agosto de 2017

La Turismofobia del secesionismo antisistema



Turismofobia: la nueva locura del secesionismo antisistema para hacer de Cataluña la Corea del Norte del Mediterráneo...

De un tiempo a esta parte los secesionismos periféricos de Cataluña y el País Vasco han descubierto en la turismofobia una nueva arma para su huida ideológica a ninguna parte, con el objetivo último de hacer de sus respectivas regiones unas naciones de pesadilla en las que el populismo antisistema y la mezquindad social se conviertan en el eje vertebrador de la vida pública.

Más allá de lo absurdo del planteamiento en un país como España, y en unas regiones como Cataluña y el País Vasco, donde el turismo es un motor esencial para la generación de riqueza y la creación de puestos de trabajo, esta ola de turismofobia es una muestra clara del odio atávico que los secesionismos que nos ha tocado sufrir profesan por todo lo que no encaja en su visión excluyente y quasitribal de la sociedad. Porque los turistas a los que odian, independientemente de que resulten ruidosos o juerguistas, son sobre todo la prueba de que más allá del ghetto cultural y lingüístico en el que han convertido a sus sociedades tras casi 40 años de nacionalismo radical todavía hay un mundo libre en el que la gente habla la lengua que le da la gana, siente la identidad que le da la gana, y se preocupa por disfrutar de la vida y no por amargársela al que piensa diferente. Y claro, después de haber desarrollado impunemente con éxito una limpieza étnicocultural de todo español en Cataluña y el País Vasco, ahora quieren coger carrerilla y seguir con lo inglés, lo francés o lo alemán. Porque están dispuestos a recibir a los turistas, pero solo si son de la Catalunya Nord y parlan catalá o abertzales y vienen del Goierri, y si además están seguros de que ni beben sangría ni preguntan por el flamenco y los toros, porque si no que se vayan a su puñetera casa...

Y lo más lamentable es que ni siquiera están siendo originales y creativos los muy descerebrados, porque la turismofobia ya la inventaron los nacionalistas corsos en los años 70 del siglo XX, cuando se dedicaban a poner bombas en hoteles y urbanizaciones, y no les llevó a nada útil.

No, si a este paso los de la CUP y sus primos batasunos van a terminar mandando a los cachorros del secesionismo catalán y vasco a hacer viajes de estudios a la América de Trump para aprender cómo levantar muros y poner alambradas en las fronteras...




viernes, 28 de julio de 2017

Golpe de estado secesionista en Cataluña



   Como es sabido, de un tiempo a esta parte España se enfrenta a un problema que posiblemente constituye el mayor desafío a su condición de nación de los últimos cien años (el próximo año se conmemorará el 120 aniversario de aquel otro momento dramático que fue el denominado “Desastre del 98”), que además pone en cuestión la supervivencia del país tal cual lo conocemos hoy en día. Y ese problema no es otro que el estado de efervescencia en que se encuentran los nacionalismos periféricos y, sobre todo, el catalán.

Porque desde la recuperación de la Democracia y la promulgación de la Constitución de 1978, y de manera acelerada en la última década, el nacionalismo catalán hijo de aquel viejo catalanismo burgués, posibilista y templado del siglo XIX que tan buena prensa solía tener (toda aquella historia del “seny” y demás…), se ha transformado en un virulento secesionismo de rasgos cuasi etnicistas, de puro emotivo e irracional, que anda obsesionado con la construcción de una República Catalana reservada a lo que ellos consideran “los verdaderos catalanes” (esto es, los independentistas que odian a España), y en la que el resto de la población se vería abocada a la consideración de “ciudadanos de segunda categoría”, en línea con lo que ocurrió en la Alemania Nazi con los que no comulgaban con Hitler, en la Sudáfrica del Apartheid con los que no eran blancos, o en la antigua Yugoslavia con los que se resistían a la ruptura de su país. Y en este contexto, la última jugada del secesionismo catalán es su amenaza de llevar a cabo el próximo 1 de octubre de 2017 un referéndum unilateral de independencia.

Para unos este referéndum será la respuesta a siglos de opresión españolista; para otros será un instrumento con el que forzar al gobierno de España a una negociación que eleve las cuotas de autogobierno y la financiación para Cataluña y compensar así los agravios fiscales que sufren sus habitantes; habrá, en fin, quien piense que lo que está pasando es el resultado de años de obcecación cerril por parte de los diversos gobiernos de Madrid, que han acabado por colmar la paciencia de los catalanes.

Pero en realidad el referéndum unilateral de independencia que el secesionismo catalán quiere llevar a cabo el 1 de octubre de 2017 es otra cosa, porque de lo que estamos hablando es del hecho insólito de que un gobierno autonómico elegido al amparo de una Constitución, la española de 1978, pretenda dar un golpe de estado en toda regla contra esa misma Constitución a la que debe su propia existencia para así pervertir el Estado de Derecho,  y acto seguido poder instaurar una especie de versión amable y estilosa del  Volksgeist decimonónico, algo así como un Shangri-La del Mediterráneo Occidental con capital en Barcelona, que nos pintan como una tierra mítica y aislada de la contaminación exterior, en la que reinaría la felicidad permanente para los buenos catalanes, y los perros se atarían con longaniza (perdón, con butifarra…).

Sin embargo, si profundizamos un poco y vamos más allá de los titulares de prensa repararemos en que el referéndum del 1 de octubre, si es que llega a celebrarse, será el final de un viaje que se inició antes incluso de la promulgación de la Constitución de 1978, cuando allá por 1977, a la salida del franquismo, una coalición circunstancial, un matrimonio de conveniencia más bien, entre por un lado un Partido Socialista Obrero Español acomplejado y con mala conciencia tras décadas de pasividad contra el régimen autoritario, y por otro lado una Unión del Centro Democrático concebida como la casa común de unos cuadros tardofranquistas con ambiciones públicas, dispuestos a cualquier apaño con tal de blanquear su futuro político, decidió que el mejor camino para tapar las vergüenzas de unos y otros era construir un sistema democrático que hiciera tabla rasa con lo que era la realidad de la sociedad española hasta ese momento, y que la forma más fácil de lograrlo pasaba por regalarle a los nacionalismos vascos y catalanes un estado de las autonomías en el que pudieran desarrollar sus aspiraciones, para de este modo tratar de ganarlos para la causa del nuevo régimen que entonces nacía, y conseguirle así el marchamo de democracia homologable internacionalmente.

Lo que pasa es que quienes diseñaron los cimientos de la España de 1978, y en particular dos personajes tan brillantes como faltos de escrúpulos como Adolfo Suarez y Felipe González, con tal de atraer al nacionalismo periférico al campo constitucionalista (los hechos han demostrado que sin ningún éxito…), llegaron al extremo de optar por poner en marcha una estupenda maniobra de marketing político, que sin embargo terminó en pesadilla cuando los nacionalistas les salieron respondones, se dieron cuenta de que el flamante estado de las autonomías era en realidad un frankenstein político que podía convertirse en el instrumento perfecto para su delirio secesionista (pues esa y no otra fue siempre su verdadera naturaleza...) y empezaron a llevar a la práctica su verdadera agenda política. Entonces comenzó una sucesión de desvaríos cada vez más radicales, pero no por ello menos consentidos por esa sociedad naif en que se ha convertido la España de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.

Un día se puso en marcha un sistema educativo con el catalán como única lengua vehicular, y se llegó al extremo de proscribir al español en las aulas de una región en la que vive el 15% de los habitantes de este país. Después se consintió el despliegue de una policía autonómica al servicio del nacionalismo, y se permitió la expulsión de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado de Cataluña. Más adelante se dejó que el nacionalismo monopolizara a los medios de comunicación públicos de ámbito regional y los pusiera al servicio de la construcción nacional catalana, incluyendo la falsificación de una identidad mítica que en realidad nunca existió…

Todo esto ha ocurrido durante casi cuarenta años ante la pasividad bovina, cuando no simplemente cómplice, del resto del país, que se pasaba el día embobado alabando el seny catalán y lo moderna que era Barcelona, y tildando de españolista casposo (cuando no pura y simplemente de franquista…) a todo aquel que alertara de lo que estaba pasando.

Y ahora resulta que generaciones de catalanes han sido educadas en el odio a lo español por parte el nacionalismo catalán, y el resultado de todo esto es el experimento de ingeniería social que desemboca en el golpe de estado que el secesionismo pretende llevar a cabo el próximo 1 de octubre de 2017 mediante la celebración del anunciado referéndum unilateral de independencia.

En consecuencia, lo que debería realmente preocuparnos no solo es cómo evitar la celebración el próximo 1 de octubre de 2017 del referéndum unilateral de independencia que propugna el secesionismo catalán (y asumamos de una vez que eso no lo lograremos solo con buenas palabras, manifiestos y resoluciones judiciales…), que por supuesto, sino sobre todo qué hacer a partir del 2 de octubre para conseguir desmontar toda la maquinaria secesionista y revertir el resultado de los últimos 40 años de ingeniería social que se han desarrollado en Cataluña.

Porque si no es así, al referéndum de independencia del 1 de octubre de 2017 le seguirá otro, y otro, y luego otro, y así hasta que el secesionismo finalmente lo consiga, y España tal cual la conocemos simplemente desaparezca.


jueves, 20 de julio de 2017

No hay salida... / No way out...






"NO HAY SALIDA": una declaración de principios... 

"NO WAY OUT" : a declaration of principles...




(Puerta de acceso a una oficina / Access door to an office)

viernes, 7 de julio de 2017

El traje nuevo del Emperador


   Hace muchos años había un Emperador en un país remoto tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados, ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey al uso: “Está en el Consejo”, de nuestro monarca se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa, y todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros. Entonces, una mañana se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas del mundo; y no solo por sus colores y dibujos, que, afirmaban, eran hermosísimos, sino también porque las prendas con ellas confeccionadas eran mágicas y poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

"¡Deben ser vestidos magníficos!", pensó el Emperador. "Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan... Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos... ¡Que se pongan enseguida a tejer la tela!". Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero en realidad no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

"Me gustaría saber si avanzan con la tela", pensó el Emperador pasado algún tiempo. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto preocupado, y era el hecho de que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no pudiera ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Y es que todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

"Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores", pensó el Emperador. "Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él".

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en el taller ocupado por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. "¡Dios nos ampare!", pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas. "¡Pero si no veo nada!". Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos sinvergüenzas le rogaron entonces que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo, al tiempo que le señalaban el telar vacío. Y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. "¡Dios santo!", pensó-. "¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela".

"¿Qué? ¿No dice Vuestra Excelencia nada del tejido?", preguntó uno de los falsos tejedores.

"¡Oh, precioso, maravilloso!", respondió el viejo ministro mirando a través de sus gafas. "¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado sobremanera".

"Nos da una buena alegría", respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

"¿Verdad que es una tela bonita?", preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

"Yo no soy tonto", pensó el hombre, "y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta". Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y alabó con entusiasmo sus supuestos hermosos colores y su supuesto soberbio estampado.

"¡En verdad la tela es digna de admiración!", informó el segundo funcionario al Emperador cuando por fin regresó a palacio.

Y tanto hablaban todos los habitantes de la capital de la magnífica tela que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Entonces, seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

"¿Verdad que es admirable?", preguntaron los dos pretenciosos dignatarios que le acompañaban. "Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos". Y mientras así hablaban señalaban el telar vacío, creyendo que los demás sí veían la tela.

"¿Cómo?", pensó el Emperador. "¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? ¡Sería espantoso!".

"¡Oh, sí, es muy bonita!", dijo entonces. "Me gusta, la apruebo", añadió mientras que con gesto de agrado miraba el telar vacío, pues no quería confesar que en realidad no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador "¡oh, qué bonito!", a la vez que le aconsejaban que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. "¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!", repetían uno tras otro los cortesanos, y todo el mundo fingía estar extasiado ante aquella supuesta maravilla.

El Emperador decidió entonces conceder una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Y llegó el día de la Fiesta Mayor del país. Y durante toda la noche que le precedió, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente creyese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra. Y finalmente dijeron: -"¡Por fin!, el vestido está listo".

Unas horas después llegó el Emperador al taller en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron: "Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. Y aquí el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, pero precisamente esto es lo bueno de la tela".

"¡Sí!", asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

"¿Quiere dignarse Vuestra Majestad en quitarse la ropa que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle con el nuevo traje delante del espejo?"

Quitose entonces el Emperador sus prendas y se quedó desnudo, y los dos embaucadores simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por los hombros, hicieron como si le atasen algo, la capa seguramente; y mientras el Monarca era todo posar ante el espejo.

"¡Dios!, y qué bien le sienta, le va estupendamente", exclamaban todos. ¡Vaya diseño, vaya corte, y vaya colores! Es un traje precioso" añadieron a coro.

"El palio bajo el cual caminará Vuestra Majestad durante la procesión le espera ya en la calle ", anunció el maestro de Ceremonias.

"Muy bien, estoy a punto", dijo el Emperador. "¿Verdad que me sienta bien?", preguntó. Y volviose una vez más hacia el espejo, para que todos creyeran que contemplaba su nuevo vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la capa bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas exclamaba: "¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica capa! ¡Qué hermoso es todo!".

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que en realidad nada veía, porque nadie quería ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Y ningún traje del Monarca tuvo tanto éxito ni fue nunca tan alabado en la corte como aquél.

Hasta que de pronto un niño que contemplaba el desfile de la mano de sus padres gritó en medio del gentío "¡Pero si no lleva nada! ¡El Emperador está desnudo!".

"¡Dios bendito!", gritaron entonces los presentes: "¡Es verdad que el Emperador está desnudo! ¡No lleva nada!".

Pero entonces el Emperador, como por nada del mundo quería hacer el ridículo delante del pueblo, pensó para sus adentros: "Hay que aguantar hasta el fin". Y haciendo gala de su obcecación siguió desfilando todavía más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente capa por toda la ciudad.

(PS: Hay cuentos que nunca pierden vigencia..).



("El traje nuevo del Emperador". Cuento de Hans Christian Andersen publicado en 1837).







domingo, 25 de junio de 2017

Orientación sexual e intimidad


   Coincidiendo con la Semana del Orgullo Gay que estos días se celebra en todo el mundo, y por supuesto también en Madrid, recientemente un conocido medio de comunicación de ámbito nacional ha publicado el denominado ranking 2017 de los 50 personajes homosexuales más influyentes de España (⇒Enter).

Al leer la noticia lo primero que se me ha venido a la cabeza ha sido una duda: ¿Por qué el ranking los 50 homosexuales más influyentes? ¿Y por qué no el de los 50 taxistas, el de los 50 vegetarianos, o el de los 50 geógrafos más influyentes del país?

Hubo un tiempo en el que tener en España una orientación sexual distinta de la estrictamente heterosexual llevaba aparejado indefectiblemente la criminalización y el rechazo social, y cuando eso ocurría el hecho de declararse públicamente homosexual, el "salir del armario" constituía un acto de valentía y de coraje dotado de un evidente valor moral y simbólico.

Lo que pasa es que esos tiempos oscuros son cosa del pasado desde hace décadas, y en la actualidad para generaciones de españoles todo eso resulta tan chocante como lejano.
   
Por el contrario, la libertad sexual está reconocida hoy como un derecho fundamental básico, y es maravilloso que en nuestra sociedad esa libertad esté plenamente garantizada, y que cada cual pueda sentir y vivir su sexualidad como mejor le parezca.

En consecuencia, el que hoy en día todavía haya personas que se pasen todo el tiempo haciendo ostentación de su orientación sexual carece de valor reivindicativo, y por tanto me parece más bien un ejercicio de frivolidad y de falta de pudor, cuando no de puro exhibicionismo social.

Y es que dado que la discriminación de la homosexualidad en España es cosa de un pasado ya lejano, y si bien por supuesto siempre defenderé que cada cual pueda disfrutar amando a quien quiera y como quiera, no consigo llegar a comprender qué necesidad hay en pleno siglo XXI de estar todo el día aireando a los cuatro vientos una determinada orientación sexual, sea la que sea.

Porque en última instancia no creo que exista una forma heterosexual u homosexual de comer, de pasear, de comprar, de cuidar las plantas, de soñar o de respirar, sino sólo una manera común a todo el género humano de hacer todas esas cosas, que a su vez es distinta para cada persona a lo largo de su vida, sin que importe para nada la orientación sexual de cada cual. Y por ello en estos tiempos que corren las etiquetas en público sobre esta cuestión me parecen superficiales y, ¿por qué no decirlo? carentes de un mínimo de consideración por la propia intimidad.