jueves, 20 de julio de 2017

No hay salida... / No way out...






"NO HAY SALIDA": una declaración de principios... 

"NO WAY OUT" : a declaration of principles...




(Puerta de acceso a una oficina / Access door to an office)

viernes, 7 de julio de 2017

El traje nuevo del Emperador


   Hace muchos años había un Emperador en un país remoto tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados, ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey al uso: “Está en el Consejo”, de nuestro monarca se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa, y todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros. Entonces, una mañana se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas del mundo; y no solo por sus colores y dibujos, que, afirmaban, eran hermosísimos, sino también porque las prendas con ellas confeccionadas eran mágicas y poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

"¡Deben ser vestidos magníficos!", pensó el Emperador. "Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan... Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos... ¡Que se pongan enseguida a tejer la tela!". Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero en realidad no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

"Me gustaría saber si avanzan con la tela", pensó el Emperador pasado algún tiempo. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto preocupado, y era el hecho de que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no pudiera ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Y es que todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

"Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores", pensó el Emperador. "Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él".

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en el taller ocupado por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. "¡Dios nos ampare!", pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas. "¡Pero si no veo nada!". Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos sinvergüenzas le rogaron entonces que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo, al tiempo que le señalaban el telar vacío. Y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. "¡Dios santo!", pensó-. "¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela".

"¿Qué? ¿No dice Vuestra Excelencia nada del tejido?", preguntó uno de los falsos tejedores.

"¡Oh, precioso, maravilloso!", respondió el viejo ministro mirando a través de sus gafas. "¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado sobremanera".

"Nos da una buena alegría", respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

"¿Verdad que es una tela bonita?", preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

"Yo no soy tonto", pensó el hombre, "y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta". Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y alabó con entusiasmo sus supuestos hermosos colores y su supuesto soberbio estampado.

"¡En verdad la tela es digna de admiración!", informó el segundo funcionario al Emperador cuando por fin regresó a palacio.

Y tanto hablaban todos los habitantes de la capital de la magnífica tela que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Entonces, seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

"¿Verdad que es admirable?", preguntaron los dos pretenciosos dignatarios que le acompañaban. "Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos". Y mientras así hablaban señalaban el telar vacío, creyendo que los demás sí veían la tela.

"¿Cómo?", pensó el Emperador. "¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? ¡Sería espantoso!".

"¡Oh, sí, es muy bonita!", dijo entonces. "Me gusta, la apruebo", añadió mientras que con gesto de agrado miraba el telar vacío, pues no quería confesar que en realidad no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador "¡oh, qué bonito!", a la vez que le aconsejaban que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. "¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!", repetían uno tras otro los cortesanos, y todo el mundo fingía estar extasiado ante aquella supuesta maravilla.

El Emperador decidió entonces conceder una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Y llegó el día de la Fiesta Mayor del país. Y durante toda la noche que le precedió, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente creyese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra. Y finalmente dijeron: -"¡Por fin!, el vestido está listo".

Unas horas después llegó el Emperador al taller en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron: "Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. Y aquí el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, pero precisamente esto es lo bueno de la tela".

"¡Sí!", asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

"¿Quiere dignarse Vuestra Majestad en quitarse la ropa que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle con el nuevo traje delante del espejo?"

Quitose entonces el Emperador sus prendas y se quedó desnudo, y los dos embaucadores simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por los hombros, hicieron como si le atasen algo, la capa seguramente; y mientras el Monarca era todo posar ante el espejo.

"¡Dios!, y qué bien le sienta, le va estupendamente", exclamaban todos. ¡Vaya diseño, vaya corte, y vaya colores! Es un traje precioso" añadieron a coro.

"El palio bajo el cual caminará Vuestra Majestad durante la procesión le espera ya en la calle ", anunció el maestro de Ceremonias.

"Muy bien, estoy a punto", dijo el Emperador. "¿Verdad que me sienta bien?", preguntó. Y volviose una vez más hacia el espejo, para que todos creyeran que contemplaba su nuevo vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la capa bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas exclamaba: "¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica capa! ¡Qué hermoso es todo!".

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que en realidad nada veía, porque nadie quería ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Y ningún traje del Monarca tuvo tanto éxito ni fue nunca tan alabado en la corte como aquél.

Hasta que de pronto un niño que contemplaba el desfile de la mano de sus padres gritó en medio del gentío "¡Pero si no lleva nada! ¡El Emperador está desnudo!".

"¡Dios bendito!", gritaron entonces los presentes: "¡Es verdad que el Emperador está desnudo! ¡No lleva nada!".

Pero entonces el Emperador, como por nada del mundo quería hacer el ridículo delante del pueblo, pensó para sus adentros: "Hay que aguantar hasta el fin". Y haciendo gala de su obcecación siguió desfilando todavía más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente capa por toda la ciudad.

(PS: Hay cuentos que nunca pierden vigencia..).



("El traje nuevo del Emperador". Cuento de Hans Christian Andersen publicado en 1837).







domingo, 25 de junio de 2017

Orientación sexual e intimidad


   Coincidiendo con la Semana del Orgullo Gay que estos días se celebra en todo el mundo, y por supuesto también en Madrid, recientemente un conocido medio de comunicación de ámbito nacional ha publicado el denominado ranking 2017 de los 50 personajes homosexuales más influyentes de España (⇒Enter).

Al leer la noticia lo primero que se me ha venido a la cabeza ha sido una duda: ¿Por qué el ranking los 50 homosexuales más influyentes? ¿Y por qué no el de los 50 taxistas, el de los 50 vegetarianos, o el de los 50 geógrafos más influyentes del país?

Hubo un tiempo en el que tener en España una orientación sexual distinta de la estrictamente heterosexual llevaba aparejado indefectiblemente la criminalización y el rechazo social, y cuando eso ocurría el hecho de declararse públicamente homosexual, el "salir del armario" constituía un acto de valentía y de coraje dotado de un evidente valor moral y simbólico.

Lo que pasa es que esos tiempos oscuros son cosa del pasado desde hace décadas, y en la actualidad para generaciones de españoles todo eso resulta tan chocante como lejano.
   
Por el contrario, la libertad sexual está reconocida hoy como un derecho fundamental básico, y es maravilloso que en nuestra sociedad esa libertad esté plenamente garantizada, y que cada cual pueda sentir y vivir su sexualidad como mejor le parezca.

En consecuencia, el que hoy en día todavía haya personas que se pasen todo el tiempo haciendo ostentación de su orientación sexual carece de valor reivindicativo, y por tanto me parece más bien un ejercicio de frivolidad y de falta de pudor, cuando no de puro exhibicionismo social.

Y es que dado que la discriminación de la homosexualidad en España es cosa de un pasado ya lejano, y si bien por supuesto siempre defenderé que cada cual pueda disfrutar amando a quien quiera y como quiera, no consigo llegar a comprender qué necesidad hay en pleno siglo XXI de estar todo el día aireando a los cuatro vientos una determinada orientación sexual, sea la que sea.

Porque en última instancia no creo que exista una forma heterosexual u homosexual de comer, de pasear, de comprar, de cuidar las plantas, de soñar o de respirar, sino sólo una manera común a todo el género humano de hacer todas esas cosas, que a su vez es distinta para cada persona a lo largo de su vida, sin que importe para nada la orientación sexual de cada cual. Y por ello en estos tiempos que corren las etiquetas en público sobre esta cuestión me parecen superficiales y, ¿por qué no decirlo? carentes de un mínimo de consideración por la propia intimidad.


martes, 20 de junio de 2017

El Kurdistán turco


Imágenes del Kurdistán turco (⇒Enter).

Fotografías tomadas en mayo de 2017.


Familia paseando en los Jardines de la Fortaleza Interior (Içkale) de Diyarbakir.



Poesía popular kurda en Diyarbakir.

Monje siraco del Monasterio de Deyrulzafaran en Mardin.


Fuerzas de Seguridad turcas en Diyarbakir.


Niño en traje de circuncisión (sünnet en turco) en Sanliurfa.

lunes, 19 de junio de 2017

El coste del rescate bancario en España



   Recientemente se ha hecho público un informe interno del Banco de España que analiza la gestión de la crisis financiera ocurrida en nuestro país (⇒Enter) en el periodo comprendido entre 2008 y 2014, y su papel como supervisor en el rescate bancario que el Estado llevó a cabo, rescate que se inicia con la gestión del colapso de Caja Castilla-La Mancha y que culmina con el desguace y venta a precio de saldo de NovaCaixaGalicia, pasando por la liquidación de entidades tan importantes para la historia económica de los últimos cincuenta años como Caja Madrid, Bancaja, Caixa Catalunya, la Caja de Ahorros del Mediterráneo o CajaSur.

El documento en cuestión, más allá de su indudable interés desde un punto de vista técnico, ha tenido una especial repercusión en los medios de comunicación debido a que ha sido el vehículo elegido por la autoridad bancaria para transmitir a la opinión pública dos ideas fundamentales, a saber: que el coste neto del rescate podría finalmente rondar los 60.000 millones de euros, y que el Banco de España como institución no tuvo nada que reprocharse en su papel como entidad de supervisión en aquellos años convulsos.

En lo que se refiere a la optimista valoración que el Banco de España realiza de sí mismo en la gestión de la crisis financiera española, la impresión que uno tiene es que resulta bastante descorazonador, bastante frustrante, que la autoridad bancaria del único país del grupo de los cuatro grandes de la Eurozona (integrado, junto con España, por Alemania, Francia e Italia) que asistió impertérrita a cómo la mitad de su sistema financiero (pues ese era el peso de las cajas de ahorro en el nuestro, el 50%...) colapsaba tras décadas de una nefasta gestión empresarial a manos de direcciones elegidas a dedo por la clase política (cuando no directamente copadas por esta...), y tras todo un rosario de escándalos de financiación ilegal de partidos políticos, corrupción, y apropiación indebida de dinero público para fines inconfesables, vaya ahora y tenga el cuajo de decirnos que no tuvo nada que ver con todo aquello, que no fue su responsabilidad, que lo hizo todo bien, que supervisó al sistema bancario de manera correcta, que inspeccionó eficazmente a las entidades, y que si todo aquello ocurrió fue por culpa del Destino, de los Hados o del Karma. Porque o bien los señores del Banco de España tienen un problema de percepción de la realidad, o pura y simplemente nos están tomando el pelo. Y menos mal que, según el consenso de los expertos, estamos hablando de uno de los supervisores bancarios más respetados de Europa, cuyos funcionarios están considerados de los más profesionales y mejor formados de la UE. Menos mal...

En cuanto al coste del rescate bancario, que en su momento los gobiernos de turno (primero el de Rodríguez Zapatero y después el de Rajoy) juraron y perjuraron que no les supondría un euro a los ciudadanos, ahora resulta que hasta el momento nos ha salido a todos por unos 75.000 millones de euros, de los cuales solo se han podido recuperar 15.000 millones. En consecuencia, hasta hoy el coste neto del rescate supera los 60.000 millones de euros, un 5,6% del PIB, la riqueza nacional producida en todo un año, repartido de la siguiente manera: 21.000 millones pagados por el Fondo de Garantía de Depósitos (dinero que en última instancia los bancos comerciales acabarán repercutiendo a sus clientes), más otros 39.000 millones desembolsados con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, lo que significa que nos han costado a todos y cada uno de los 47 millones de habitantes de España unos 840 euros de media.

Llegados a este punto cabe preguntarse si al final mereció la pena meterse en el berenjenal del rescate bancario, y ello a costa de endeudar al país y generar un déficit que tendrán que pagar nuestros hijos y nuestros nietos, o si, por el contrario, habría tenido más sentido que actuara el Mercado y que se hubiera dejado quebrar a esas entidades fallidas.

La respuesta a esta pregunta no es fácil, y probablemente esperar que cualquier gobierno hubiera tomado decisiones traumáticas en aras de la ortodoxia macroeconómica habría sido pedir demasiado a los políticos, que siempre andan más preocupados por las encuestas, por la valoración de la opinión pública, y por cómo ganar las próximas elecciones que por hacer lo que se debe hacer cuando se presentan situaciones difíciles, por doloroso que esto sea.

Sin embargo lo que tampoco es de recibo es tener que ver ahora cómo mucha gente se escandaliza por los 60.000 millones de euros que nos ha costado el rescate bancario (no lo olvidemos, rescate de banca pública...) cuando la mayoría de esos que se escandalizan son los mismos que en su momento clamaban por salvar con dinero público los empleos de los trabajadores de las entidades quebradas, y que exigían salvar también con ese mismo dinero público las inversiones de los accionistas minoritarios, los bonistas y los preferentistas que pusieron sus ahorros en las extintas Cajas de Ahorros, eso sí después de acusar sin fundamento alguno por todo aquel desastre a la banca privada, que en realidad no pidió ni un euro de dinero público para arreglar sus propios problemas.

Quizá por eso resulta tan divertido como chocante oír a esa misma gente protestar también ahora por el hecho de que la reciente crisis del Banco Popular (el primer banco privado de entidad al que la crisis de ha llevado por delante...) la vayan a pagar sus accionistas, que son sus propietarios, en vez de papá Estado...

Y es que algunos son como el perro del hortelano, que ni come ni comer deja...



sábado, 10 de junio de 2017

Armenia


   Armenia (⇒Enter), abril de 2017:
Mapa de Armenia en 2017
  • Montañas nevadas.
  • Cielos inmensos.
  • Nacionalismo exacerbado, una naturaleza abrupta y dos mil años de historia.
  • Un país étnicamente uniforme de profundas raíces cristianas.
  • Un pueblo con una vieja lengua de origen indoeuropeo y un alfabeto propio.
  • Una historia plagada de vicisitudes y calamidades marcada de forma indeleble por el Genocidio de 1915 (⇒Enter), que estuvo a punto de acabar con la nación armenia y además se llevó por delante el espíritu de convivencia y tolerancia entre culturas y religiones diversas que durante siglos marcó el destino de Anatolia, el Cáucaso y Mesopotamia.
  • En las localidades que bordean las carreteras se mezclan una y otra vez de manera chocante desvencijadas casas unifamiliares que evocan estampas de los Balcanes o de Europa del Este, bloques de viviendas de inconfundible estilo soviético, y construcciones en piedra volcánica.
  • Y de fondo, omnipresente, el Monte Ararat (⇒Enter), la montaña sagrada del pueblo armenio, que la geopolítica les robó y hoy pertenece a Turquía.

(Fotografías tomadas en Semana Santa de 2017)



El Monte Ararat visto desde Ereván.


Ruinas de Zvartnots.


Monasterio de Noravank: iglesia.


Monasterio de Noravank: jachkar.



domingo, 4 de junio de 2017

Mediocridad igualitarista educativa



   Recientemente el gobierno de España ha aprobado un cambio en la normativa sobre educación (⇒Enter) que a partir de ahora posibilitará que los estudiantes españoles puedan aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria, la denominada ESO, y pasar a cursar el Bachillerato con hasta dos asignaturas suspendidas y con una nota media inferior a 5 sobre 10.

En un momento en el que el país está por fin saliendo de una crisis económica que por espacio de 10 años se ha cebado con los colectivos más vulnerables de la sociedad y que además ha triturado las esperanzas de toda una generación de jóvenes que se ha visto condenada por primera vez en nuestra historia a vivir peor de lo que lo hicieron sus padres, cuando se discute sobre qué hacer para no repetir los errores del pasado que nos colocaron al borde del colapso, cuando se vuelve a hablar de un cambio del modelo productivo que prime de una vez la innovación y el valor añadido en la actividad económica, precisamente ahora va el gobierno e institucionaliza en nuestro sistema educativo obligatorio la ramplonería como categoría estándar, la desincentivación del trabajo y el mérito, la consagración de la ley del mínimo esfuerzo...

Y luego nos quejaremos de que nuestra economía no genera empleos de calidad, de que los salarios medios son cada vez más bajos, de la precarización del empleo, de que tenemos un sistema productivo de poco valor añadido, y en última instancia de que España se ha convertido en una sociedad low cost... (⇒Enter)

Por el contrario, las sociedades que progresan, las que avanzan, las que generan riqueza y prosperidad, hacen justamente el planteamiento contrario en lo que a la educación se refiere: priman el mérito, el trabajo; exigen un mínimo de rendimiento y capacidad para acceder a las enseñanzas media y universitaria; y educan a sus jóvenes en la constancia y el esfuerzo.

Baste pensar en países como Finlandia, Dinamarca, Corea o Singapur y comparar sus sistemas educativos con el español para constatar las diferencias y hasta que punto lo estamos haciendo mal aquí por culpa de esa obsesión igualitarista que corroe hasta el tuétano a nuestro sistema desde hace 35 años.

De nada sirve flagelarnos por el estado de la educación en España cada vez que se conocen los resultados del informe Pisa o de cualquier otro estudio comparativo a nivel internacional si luego no hacemos nada para solucionar el problema, sino más bien todo lo contrario.

Y en realidad lo que pasa es que estamos recogiendo el fruto de nuestra propio fracaso como ciudadanos tras décadas de pereza moral, dejación de responsabilidades democráticas y visión cortoplacista de las cosas...

En definitiva, el triunfo de la mediocridad igualitarista en estado puro.