jueves, 28 de enero de 2016

¿Pueden los ignorantes arreglar el mundo?








Sin lugar a dudas la violencia machista es una lacra en España, pero… ¿Y qué pasa con el sistema educativo?

Es decir:
  • ¿Pueden los ignorantes arreglar el mundo?
  • ¿Son verosímiles las soluciones que plantean los que no son capaces de formular correctamente sus ideas?

"Desde el momento en que un hombre no sabe leer ni escribir, es un hombre que ha renunciado a esa herencia, es un hombre desposeído por completo de esa riqueza espiritual que la humanidad ha producido."
(Fidel Castro) 



(Fotografía tomada en Madrid en enero de 2016)


lunes, 25 de enero de 2016

¿Los pobres lo son por culpa de los ricos?


¿Qué es mejor? ¿Formar parte de la clase media en Etiopía o en Cuba, o ser pobre en Mónaco o en Liechtenstein?

En los tiempos que corren es una idea generalmente aceptada asumir que en nuestra sociedad existe una relación directa entre el crecimiento de la desigualdad y la extensión de la pobreza. Así, a mayor cantidad de pobres, más ricos se estarían haciendo los ricos. Y a sensu contrario, cuantos menos ricos hubiera, y menos ricos estos fueran, mejor les iría a los pobres y antes podrían liberarse de su pobreza.

Como consecuencia de lo expuesto, quien así piensa sostiene que lo único que pueden hacer los pobres para salir de su pobreza es combatir a los ricos, porque los ricos no han hecho nunca nada para ganarse su riqueza salvo quitársela a los pobres. Y ello se debe, desde ese punto de vista, a que la riqueza, al igual que la energía, ni se crearía ni se destruiría, sino que solo sería susceptible de concentrarse o redistribuirse, haciendo de esta manera crecer, o menguar, el número de pobres y, en paralelo, el tamaño de la fortuna de los ricos.

Lo que pasa es que esta forma de ver las cosas se contradice con la evidencia del progreso de la sociedad, que crea prosperidad donde antes no la había, y que lo hace en base a la iniciativa, el empuje, la creatividad y el sacrificio. Y al mismo tiempo, de esta forma se niega también a los individuos la posibilidad de progresar y la responsabilidad de conseguirlo en base a su propio trabajo, su constancia y su esfuerzo.

Porque lo que debería realmente preocuparnos es el progreso que nosotros mismos podemos llegar a alcanzar, que debe ser asegurado por los poderes públicos como responsables de garantizarnos la igualdad de oportunidades en la vida, para a continuación poner de nuestra parte y conseguir efectivamente el mayor bienestar posible por nosotros mismos, independientemente de lo que hagan los demás.

En última instancia lo que mide nuestra prosperidad es lo que alcanzamos, el bienestar al que accedemos, y cómo todo ello mejora nuestra vida y la de nuestras familias. Y eso no está relacionado con lo que le ocurra al vecino, sino con lo que hagamos nosotros mismos.

Pero para eso hace falta que en la sociedad imperen valores que fomenten el trabajo y el esfuerzo, sin atajos y sin trampas, y que los que tienen responsabilidad pública no actúen como mercachifles que venden soluciones mágicas y simplistas, y no caigan en la falacia de confundirnos y tratar de convencernos de que nuestros problemas y carencias son simple y llanamente consecuencia del bienestar de los demás.

Por todo ello, si yo tengo los medios y las oportunidades para que me a mí me vaya bien, prefiero progresar y no perder las energías en compararme con los que tienen más. Y si al final consigo que así sea, no me importará ser considerado, en términos comparativos, un pobre al lado de los ricos, sobre todo si son ricos de los de Mónaco o de Liechtenstein, por poner un ejemplo...




domingo, 10 de enero de 2016

La izquierda está enferma de secesionismo


   La izquierda española en general, y el socialismo en particular, que en teoría una vez creyó en la igualdad, la solidaridad y la fraternidad como valores y principios de su acción política, lleva décadas coqueteando con los nacionalismos periféricos, probablemente como una forma de lavar su mala conciencia por la parálisis de su acción política durante los 40 años de gobierno de Franco en España. 

Solo así puede explicarse que, muerto el general en noviembre de 1975, la izquierda, que no hizo prácticamente nada por combatir su régimen autocrático (de hecho, mal que les pese, Franco ganó una guerra civil, gobernó durante décadas sin oposición relevante, fue libre para elegir quién sería su sucesor y qué régimen político tendría el país cuando él ya no estuviera, y cuando le llegó su hora no fue de manera violenta o víctima de revolución alguna, sino que murió en la cama, tan solo torturado por su yerno y su conciencia...), decidiera echarse intelectualmente en brazos de aquellos que ponían en cuestión el modelo de estado, y aún la propia existencia de España como nación, y empezara a defender conceptos tales como la descentralización administrativa, la autonomía de las regiones, los derechos históricos de los territorios, o los regímenes forales.

El problema es que esta izquierda nuestra, con su radical giro ideológico, aparcó la defensa de la igualdad y la solidaridad entre todos los españoles, y además se convirtió en cómplice del constante incremento de las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos, que un día pedían la cooficialidad del catalán, el vascuence y el gallego en Cataluña, el País Vasco y Galicia respectivamente, para al minuto siguiente pretender ya erradicar al español del sistema educativo y la vida pública de estas autonomías, o que empezaban hablando de la deuda histórica del centralismo para con sus respectivos territorios, pero a continuación reclamaban ya sin rubor sistemas de financiación asimétricos, cortapisas a la solidaridad, balanzas fiscales. o simplemente impuestos propios y exclusivos.

Así, los años fueron pasando, el país se fue resquebrajando poco a poco, y cada vez lo que nos unía fue menos (hay quien dice que desde la Transición los únicos elementos compartidos por todos los españoles han sido la selección española de fútbol y El Corte Inglés, y ni siquiera eso es hoy en día ya del todo válido...), y las nuevas generaciones de ciudadanos de las autonomías periféricas fueron creciendo en el odio y el desprecio a España y a todo lo español.

De esta forma llegamos al día de hoy, cuando, por una parte, el desafío del nacionalismo se ha convertido en el caso de Cataluña en la amenaza en toda regla de ruptura con España mediante una secesión ilegal, y, por otro lado, el devaneo de la izquierda española en general, y del socialismo en particular, con ese mismo nacionalismo periférico catalán, ahora ya lisa y llanamente separatista y sedicioso, le lleva a propugnar la reforma de la constitución para garantizar el encaje de Cataluña en el Estado mediante la puesta en marcha una España federal (¿pero alguien sabe a ciencia cierta qué quieren decir con esto?), cuando no a defender un supuesto derecho a decidir del que sería titular el pueblo catalán (con lo que de un plumazo, se fracciona y se quiebra la soberanía nacional del pueblo español), o a aspirar tras las últimas elecciones a llegar al gobierno mediante una coalición de izquierdas, que solo seria posible con el apoyo y la participación de fuerzas políticas que propugnan la secesión de Cataluña.

Y, sin embargo, en esta hora crucial para España, si todavía hay alguien con sentido común y con amor a la Patria en la izquierda española en general, y en el socialismo en particular, debería recordar que un día la igualdad, la solidaridad y la fraternidad fueron los valores y principios de su acción política, y que para garantizarlos no le queda otra que deshacer el camino andado en las últimas décadas, y dejar de una vez de actuar como comparsa y escudero de los nacionalismos periféricos.

Pero si pensar en valores y principios no fuera suficiente, la izquierda debería al menos revisar críticamente cuál ha sido la evolución de su apoyo social en las casi cuatro décadas de democracia tras la muerte del general Franco, y cómo le ha ido electoralmente con su coqueteo con los nacionalismos periféricos. Y si hiciera este análisis, la izquierda vería claramente lo negro que sería su futuro político si el desafío del nacionalismo periférico triunfara y, por ejemplo, la secesión de Cataluña del resto de España fuera una realidad. Porque si esa amenaza se materializara y Cataluña se separara de España, es posible que la izquierda no volviera a alcanzar el poder en nuestro país durante décadas.

Y si alguien no lo ve claro, basta con que eche un vistazo a cuál sería la composición del Congreso de los Diputados con, por ejemplo, los resultados de las últimas elecciones si excluyéramos a Cataluña de la ecuación electoral. Y es que entonces el panorama resultante sería el de un país bastante distinto, en el que por ejemplo una coalición de la derecha y el centro podría articular sin problemas una mayoría de gobierno, y en el que los populismos de izquierda ya no tendrían fuerza para condicionar la vida política:

Análisis de los resultados de las elecciones del 20.dic.2015 en España (elaboración propia).

Vamos, que si no es por patriotismo y por ideas, que sea al menos por oportunismo político y cálculo electoral, pero a la izquierda en general, y al socialismo en particular, más le valdría dejar de actuar como escudero y comparsa del nacionalismo periférico y volver tener a la igualdad, la solidaridad y la fraternidad como valores y principios de su acción política. Mejor le iría así a la izquierda y, sobre todo, mejor nos iría a España y los españoles.