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sábado, 31 de octubre de 2026

La peor raza



Hay gente que cuando te la encuentras después de algún tiempo, te pones a charlar ellos y les preguntas educadamente qué tal están, indefectiblemente se arrancan con un monólogo interminable, en el que del tirón y sin anestesia te cuentan su vida al completo: cómo les va en el trabajo y lo encabronados que están con su nuevo jefe; qué les enerva de la situación política actual; cómo avanza la reforma de la casa del pueblo que les está haciendo un albañil búlgaro y en la que llevan ya gastado un montón de dinero; lo molestos que están por la cantidad de deberes para casa que la profesora de matemáticas les manda a sus hijos en el colegio; qué han comido ayer; el numerito que organizó el cretino de su cuñado en la última barbacoa familiar, cuando se pasó tres pueblos con el vino y se puso a airear en voz alta su vida sexual mientras su cuñada se ponía toda colorada y a su suegro casi le daba un colapso; lo mal que se llevan con su vecino, el del quinto, porque no para de hacer ruido por la noche; lo estupendas que resultaron las vacaciones de este verano en la costa y lo bien que se cenaba en el chiringuito nuevo de la playa; cómo quedaron clasificados en el último trofeo de mus de la urbanización; y el negocio ese consultoría que tienen en la cabeza montar el día en que se harten de la empresa por lo poco que les valoran, manden a su jefe a la mierda y se lo monte por su cuenta.

Sin embargo, como se te ocurra a ti intentar meter baza en la conversación y tengas la necesidad de contarles cómo te va a ti, y empieces a hablar de lo que te pasa, de cómo te va, o de los problemas que tienes, este tipo de interlocutor te mirará con una mezcla de desdén y condescendencia, te interrumpirá y, con un tono sermoneador y paternalista te soltará a la cara una frase hecha de aparente ánimo que en realidad tan solo busca cortar la conversación para así ahorrarse la incomodidad que le produce que pretendieras compartir con él tus problemas, con lo ocupadísimo y lo entretenidísimo que él está con su propia existencia y lo mucho que se gusta a sí mismo...

Y es que hay personas que son como la encarnación de la teoría geocéntrica y se sienten el centro del universo; les trae totalmente sin cuidado cualquier cosa que no sea el “yo”, “me”, “mío”, “a mí”; consideran la vida de los otros algo insignificante; y los problemas de los demás, sus alegrías, y sus anhelos no son para ellos más que el zumbido de las moscas en sus oídos: algo molesto pero de poca importancia.

En el mundo hay gente buena, generosa, altruista y cercana; pero también hay gente turbia, oscura, torcida, para los cuales los demás no son otra cosa que alguien a quien utilizar, de quien aprovecharse, o a quién despreciar. Son gente que te hace sentir como si fueras basura, gente de la peor raza…

Raza que maldice a su padre
y no bendice a su madre;
raza que se tiene por pura,
pero que no se ha lavado de sus inmundicias;
raza de miradas altaneras
y de párpados altivos;
raza cuyos dientes son espadas
y cuchillos sus molares
para devorar a los humildes de la tierra y acabar con los pobres del país.

(Proverbios 30,11-14)



Detalles técnicos de la fotografía: cámara HONOR CLK-NX1, 5 mm, f/1.8, 1/400 s, ISO100. Imagen tomada el 31/oct/2026.




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